La casa de Moria se mira en Pocetti.
En la serie de Netflix sobre Moria Casán, las pinturas de Ornella Pocetti cuelgan en la casa de Parque Leloir como un espejo enrarecido de la diva. La serie y los cuadros hacen de la seducción un arma, y comparten un gótico más porteño que mágico.

Parte 1
¿Qué cuelga en las paredes de una diva?
Moria, la serie de Netflix sobre la vida de Moria Casán, se estrenó el 14 de agosto y trasciende el registro biográfico. Dirigida por Javier Van de Couter, con Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth como la One en distintas etapas, traduce la subjetividad de la diva a través de un maximalismo saturadísimo.
Una casa para el mito
Lejos de copiar fielmente la casa de Moria en Parque Leloir, la escenografía articula una acumulación total de cosas: estampados de animales, luces dramáticas, todo al servicio de construir el mito, su mito. La dirección de arte de Lola Cafardo y el diseño de producción de Walter Cornás y Juan Cavia piensan el espacio doméstico como una extensión del personaje.
En ese espacio, la inclusión de las pinturas de Ornella Pocetti es muy estratégica. Sus cuadros funcionan como un espejo enrarecido del personaje. Ya estaban en colecciones privadas y el estudio de Cornás y Cavia los eligió para el set, donde conviven con obras de Cata Alberici, Marcelo Canevari y Adriana Lombardozzi. Entre todas, a través de figuras femeninas, retratan distintos estadios de Moria: pasados, presentes y futuros.

Gótico vernáculo
Ornella Pocetti nació en Buenos Aires en 1991 y estudió Artes Visuales en la Universidad Nacional de las Artes. Es una de las artistas que recuperan la figuración frente al predominio de la abstracción y el conceptualismo en la escena contemporánea. Su técnica se alimenta de la pintura europea histórica y de los pintores de la Edad Media, pero también de la Nueva Escuela de Leipzig de Neo Rauch y Rosa Loy, del manga de terror de Junji Ito y de una referencia argentina ineludible: Mildred Burton.
Su obra combina el gótico vernáculo, el surrealismo y el terror para indagar en umbrales donde lo cotidiano se vuelve fantasmal y sensual. Sus lienzos arman narrativas en torno al miedo, con una atmósfera uncanny que le debe tanto a Suspiria, de Dario Argento, y a David Lynch como a la historia del arte.
Durante años, la mirada internacional intentó encasillar a la producción latinoamericana de corte surrealista bajo el rótulo de «realismo mágico». La oscuridad de Pocetti tiene otra genealogía, más urbana: la que Julio Cortázar, cuyos cuentos de Bestiario están entre las lecturas que la formaron, rastreó en sus «Notas sobre lo gótico en el Río de la Plata». En su pintura, lo siniestro deja atrás los castillos y las neblinas del gótico europeo y sale de la cultura y la historia porteñas, como una forma de procesar la realidad que resulta inevitablemente sombría. Sus cuadros se leen como un mapa de la neurosis de Buenos Aires.
Todas sus obras parecen ocurrir dentro de un mismo universo, como piezas de un rompecabezas que encastran perfecto entre sí. Simulan escenarios teatrales o fotogramas de una misma película, donde la naturaleza y la arquitectura doméstica se vuelven extrañas. En sus composiciones, Buenos Aires escapa de lo geográfico y se convierte en la escenografía de un estado mental.


El núcleo
El gótico porteño, en casa.
Parte 2
La seducción como arma
Si la serie y los cuadros se entienden tan bien es porque miran a la mujer desde el mismo lugar. Ambas propuestas la presentan como una entidad desafiante y vanguardísima, que convierte la seducción en un artefacto de poder.
Lo más inquietante, aunque terriblemente atractivo, de la estética de Pocetti son las corporalidades femeninas y no binarias: figuras dominantes en comunión constante con una naturaleza extraña, que suelen estar en estados intermedios, durmiendo, colgadas cabeza abajo, transformándose o en rituales con animales. Así se borra la línea entre lo humano y lo monstruoso, que es el núcleo de su universo. La figura femenina en Pocetti deja de ser un objeto de contemplación para volverse protagonista de una resistencia silenciosa.

Marcos que tuercen el espacio
La densidad del decorado de la serie sincroniza perfecto con los símbolos de sus pinturas: gotas, flores de vidrio, paisajes nocturnos, criaturas en plena metamorfosis. Y también con sus marcos tridimensionales, que distorsionan el espacio tradicional del cuadro. En Candado, el óleo sobre tela se encastra en una pieza de madera de cedro; en Terrible Shadow, una reja de hierro se monta sobre la pintura.
Ese juego con el umbral se puede recorrer hasta el 9 de noviembre en Curada de espanto, su primera muestra individual en un museo, en el MACBA (avenida San Juan 328, San Telmo), todos los días menos los martes, de 12 a 19. Con curaduría de Carlos Gutiérrez, el recorrido se ordena alrededor de un arco central que construyó el padre de la artista y que funciona como puerta de entrada.
Barroco pop y surrealismo
El cruce entre este barroco pop televisivo y el surrealismo pictórico transforma la casa de Parque Leloir en un territorio donde el glamour y el misterio son parte de una mujer de fuerza indomable.
El mundo de Pocetti demuestra que la pintura no tiene que renunciar a la belleza para ser inquietante, ni a la figuración para ser conceptualmente densa. Lo más salvaje no está en ese bosque extraño, sino en la ciudad oscura que habitamos a diario.
La operación
Espejo enrarecido. Las pinturas de Pocetti le devuelven a Moria su imagen torcida: la seducción como poder, en clave gótica y porteña.
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