Brutalismo: la honestidad del concreto.

Nació de las ruinas de la guerra y prometía un futuro utópico. Lo tildaron de monstruoso y frío. En Buenos Aires, el hormigón a la vista se volvió otra cosa: monumento, escultura, identidad.

Por Abril Raposo6 min de lectura
CicloJunio 2026
CategoríaEspacios · Arquitectura
EjeReactivación
Arquitectura brutalista en hormigón
[ Imagen ] — Hormigón a la vista, sin retoques: la honestidad del material.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó devastada y en ruinas, la infraestructura quedó destruida y millones de personas sin un hogar. La necesidad urgente y masiva de reconstruir la ciudad respondió en un estilo arquitectónico racional, eficiente y austero como solución: el Brutalismo. Con un nombre proveniente de la expresión francesa «béton brut» –hormigón crudo o en bruto– hablamos de un estilo que rechaza todo tipo de ornamento y que se origina a partir de la crisis del movimiento moderno.

Haciendo un claro énfasis en el material, las texturas y la forma estructural para generar sensación de escala y peso, el Brutalismo se enfoca en ser funcional, apostando por la lógica, la simplicidad y las líneas derechas, en donde la forma sigue a la función. Es un estilo utilitarista: carece de las ornamentaciones que puedan tener otros estilos, es decir, cada elemento que compone estas infraestructuras tiene una razón de ser.

Un estilo “bruto” y sin retoques; expone ingeniería interna, como tuberías y depósitos –lo que antes era una estructura escondida, ahora puede usarse como algo estético– y busca destacar sus materiales.

El acero, ladrillo, vidrio, concreto eran los materiales más baratos para una época de crisis económica, por lo tanto fueron esenciales para llevar a cabo estos espacios.

El bloque y el manifiesto

El estilo de bloque residencial fue desarrollado posteriormente por el arquitecto Le Corbusier. Su proyecto «Unité d’Habitation», producido desde 1947 a 1952, es considerado un manifiesto.

Un edificio que combina diversos espacios comunitarios bajo un mismo techo y un diseño funcional que buscaba crear comunidades modernas. Esto influenció notablemente en la mayoría de las construcciones residenciales posteriores que fueron muy comunes en Europa. Teniendo siempre en cuenta la honestidad estructural, el estilo logró convertirse en el lenguaje de la arquitectura pública por ser barato y rápido de construir. Floreció y comenzó a utilizarse en todo tipo de establecimientos, teniendo su auge cerca de la década de los años 60 pero cayendo rápidamente en las décadas posteriores.

Auge y caída

Comenzó a ser llamado un estilo frío, triste, alienante, opresivo. Los edificios presentaban signos de deterioro por falta de mantenimiento, y el concreto resultó ser un material afectado por las distintas temperaturas y cambios climáticos. La sociedad, cansada de la monotonía del concreto y el deterioro, comenzó a abandonar este tipo de estructuras. De esta forma, fueron frecuentados por la delincuencia, el vandalismo y la venta de drogas, pasando a ser considerados lugares peligrosos. Entre las décadas de 1980 y 1990, la mayoría de estas estructuras fueron demolidas e ignoradas, llamadas ahora “monstruos de concreto”.

El brutalismo ofrecía una solución concreta para un contexto de posguerra, prometía un futuro utópico. Respondió a la necesidad social hasta caer en picada.

Biblioteca Nacional perspectiva
El veredicto

Tildado de monstruoso y frío, el hormigón a la vista resultó, al final, una forma de honestidad.

Su expansión a la Argentina

En sus orígenes europeos, a principios de los años cincuenta, arquitectos suecos e ingleses manejaban el término. Allison y Peter Smithson –dos arquitectos y urbanistas– fueron figuras clave para desarrollar ciertos aspectos teóricos de la arquitectura, y nombraron este estilo por primera vez en un artículo publicado en Architectural Design en 1953, llamándolo “Nuevo Brutalismo”.

La arquitectura brutalista se expandió por el mundo rápidamente pero, a diferencia de Europa –que seguía la corriente teórica iniciada por Banham y los Smithson–, en la Argentina se desarrolló influenciada por la arquitectura de Le Corbusier y el hormigón armado.

Para entender mejor esta diferencia podemos mencionar el caso de Europa del Este, donde el Brutalismo fue probablemente influenciado por el constructivismo ruso: formas mucho más geométricas y alienantes, usadas comúnmente para viviendas colectivas o, en el caso de los edificios públicos, como una especie de propaganda comunista y de Estado.

En Buenos Aires, en cambio, el Brutalismo buscó la forma, la estructura y la construcción para crear infraestructuras recorribles de un carácter más escultórico, acercándose al organicismo y combinando estos edificios con la naturaleza (algo completamente distinto a los bloques de viviendas de Sheffield, en el Reino Unido).

La diferencia clave entre el Brutalismo europeo y el argentino no reside en la complejidad del diseño, sino en el destino social. En Europa, estos diseños fueron concebidos como vivienda colectiva de alta densidad para reconstruir ciudades enteras y fomentar relaciones sociales. En Buenos Aires, las obras más destacadas del período fueron el resultado de concursos públicos y privados, para crear edificios institucionales donde se combinaba carácter y monumentalidad.

Clorindo Testa, el eje

Clorindo Testa, reconocido artista y arquitecto argentino, viajó a Europa tras ganar una beca. Un viaje que iba a durar 3 meses pero se extendió por 2 años. Allí conoció la obra de Le Corbusier y las corrientes modernas de la posguerra.

Gracias a esa arquitectura innovadora y monumental, y a la influencia de Le Corbusier, Testa comprendió el poder del hormigón y decidió que sería su nueva herramienta de expresión.

El artista inició su camino en la Dirección de Urbanismo de Buenos Aires. Su primera obra fue la Cámara Argentina de la Construcción; el Centro Cívico de Santa Rosa, en La Pampa, fue otro gran paso. Su sello personal comenzaba a ganar peso. Diseñó viviendas, centros públicos y espacios urbanos. El edificio del Banco de Londres es un gran ejemplo de cómo el Brutalismo puede dialogar con una ciudad sin romperla (teniendo en cuenta el eclecticismo porteño y cómo estilos tan distintos pueden convivir).

No solo Clorindo Testa tomó este estilo. Otros arquitectos como Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga también se inclinaron por los principios de Le Corbusier y los adaptaron a su realidad local, dando vida a obras que se convirtieron en íconos de la ciudad. Sostenían que la arquitectura debía reflejar su contemporaneidad, y el Brutalismo se los permitía: la máxima expresión de la funcionalidad y lo robusto. Cada obra es el símbolo de una época que buscó marcar el paisaje urbano transmitiendo una ideología de progreso.

Íconos porteños

La Biblioteca Nacional Mariano Moreno es uno de los edificios más representativos del brutalismo en la Argentina: su construcción comenzó en 1961 –bajo el diseño de Clorindo Testa, Alicia Cazzaniga y Francisco Bullrich– y finalizó en 1992.

Otro ejemplo porteño clave es El Rulero, en Av. Dorrego y Luis M. Campos: un edificio circular de 1960, diseñado por la cooperativa “Casa Propia, Ahorro y Bienestar”.

El Hospital Durand, de Juan Antonio Buschiazo, y el Hospital Naval, de Clorindo Testa, son otros edificios que demuestran un brutalismo ligado tanto a los grandes espacios públicos y monumentales como a infraestructuras funcionales que responden a las necesidades de la sociedad.

En la actualidad, este estilo es reconocido, celebrado y preservado: una parte integral de la identidad urbana de Buenos Aires y de otras ciudades del país.

[ La operación ]

Reactivación. Un movimiento tildado de monstruoso, devuelto como patrimonio. La operación es separar el origen europeo —vivienda de masas— de la versión porteña —monumento escultórico— para leer el hormigón a la vista no como frialdad sino como honestidad.

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Las Cícladas Porteñas de Minujín.

Otra estructura porteña leída como fondo de Instagram —y la respuesta del público antes que la crítica.

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