El yacimiento ahora mide el cuerpo.
«Última Arquitectura», la muestra que Florencia Levy presentó en ArtHaus en 2023, monta juntas dos violencias: la que trata al territorio como reserva de minerales y la que trata a las personas como reserva de datos. En el centro, un coro de trece pantallas cantando para entidades posthumanas.

Parte 1
Hace más de un siglo que Occidente mira el mundo a través de un mismo lente: uno que condena a la naturaleza a ser muda y disponible para la explotación del ser humano racional, que así se diferencia de su medioambiente. Pero, como plantea Bookchin, no olvidemos que somos nosotros quienes habitamos este mundo.
La modernidad implicó una epistemología donde el ser humano ocupa el centro de un universo hecho de recursos, y donde la materia solo adquiere sentido cuando es transformada, extraída, puesta a producir. La tierra, el agua, los minerales, los animales: todo aquello que no piensa «como nosotros» queda del lado de lo utilizable. Esta lógica no es un accidente cultural sino la estructura misma sobre la que se montaron la revolución industrial, el colonialismo y, más tarde, el capitalismo extractivo que conocemos hoy.
De extraer minerales a extraer datos
De una naturaleza a la que había que someter por la fuerza pasamos a una realidad —toda la realidad, incluidos los cuerpos humanos— que se vuelve legible únicamente si se traduce en datos, en magnitudes, en información cuantificable. Ya no se trata solo de extraer minerales de la tierra, sino de extraer datos de los cuerpos, patrones de las conductas, valor de cada gesto humano convertido en información procesable —y vendible—.
La consecuencia es paradójica: en el mismo movimiento en que la tecnología promete conocer mejor el mundo y despertar entusiasmo por sus propias innovaciones, termina reduciendo a las personas a la condición de objeto medible, tan disponible y tan mudo como aquella naturaleza que la técnica quiso dominar.
Lo que describe Levy no exige ningún cambio de lógica para pasar del mineral al cuerpo: alcanza con aplicar la misma medición sobre un objeto nuevo. Por eso la muestra los pone en una sola sala y no en dos, y por eso la sala incomoda.
— Espacio Marca
El sujeto que se creía el centro racional del universo termina, él mismo, convertido en dato.
La guerra, los materiales y los cuerpos
En este cruce trabaja «Última Arquitectura», la muestra de la artista argentina Florencia Levy que pudo visitarse en 2023 en el Centro de Creación Contemporánea ArtHaus, en Buenos Aires. Levy explica que el núcleo de su investigación es la intersección entre la política y la tecnología: las estructuras de poder que atraviesan la cadena de producción de dispositivos y armas de guerra, y cómo esa producción genera formas de catástrofe sobre territorios y sobre cuerpos, tanto humanos como no humanos.
Ahí aparece con claridad la doble cara: por un lado, la tierra sigue siendo tratada como yacimiento; por otro, esa misma lógica de extracción se traslada a los cuerpos que habitan y padecen esos territorios. Levy no separa ambas violencias: las monta juntas en un ensamblaje de acuarelas, fotografías, impresiones en vinilo, placas de acero grabadas y textos de procedencias muy distintas, como el histórico discurso de Arvid Pardo ante la ONU sobre el patrimonio común de los fondos marinos o fragmentos de la Convención sobre el Derecho del Mar. La obra funciona como un archivo político-material donde conviven el dato geopolítico, el testimonio corporal y la especulación poética.
Levy construye lo que ella misma describe como un formato discursivo y experimental, pensado para que quien recorre la muestra arme su propio diagrama cognitivo: imágenes satelitales de territorios devastados, testimonios de personas que llevan la extracción inscripta en el cuerpo, huellas de censura sobre la información ambiental, y zonas más especulativas donde entran la ficción y la poesía. Es, en cierto modo, una cartografía de cómo la misma racionalidad que cuantifica la tierra termina cuantificando —y vulnerando— la vida.
Un coro para lo posthumano
La pieza que lleva esta idea más lejos es «Cientos de millones de años para estas formas», una videoinstalación coral en trece pantallas y trece canales de sonido sincronizado, compuesta para voces humanas pero dirigida a pensar entidades posthumanas. Nació de una investigación sobre las tierras raras que Levy inició en China y que fue derivando hacia otra forma de extractivismo: la que ya empieza a ensayarse en el fondo de los océanos. El texto del coro surge de esa investigación; la composición musical es de Sebastián Verea, y las voces —grabadas con el ensamble Música Inaudita— le dan cuerpo sonoro a una pregunta que atraviesa toda la muestra: ¿qué lugar le queda a lo vivo, humano y no humano, cuando la materia entera se concibe como recurso disponible?
Negar la tecnología como herramienta no es la solución. Sí lo es preguntarnos bajo qué lógica pensamos las innovaciones tecnológicas y qué presuposiciones metafísicas, fuera de la ciencia y de lo cuantitativo, pueden ayudarnos a iluminar nuevas formas de entender la realidad.
— Lourdes Veliz · Ciclo Septiembre 2026
El cuerpo como dato.Levy monta en una sola sala el extractivismo de minerales y el de datos, y los hace responder a una misma epistemología. Al final del recorrido, el sujeto que medía el mundo aparece medido por él.

Levy no propone apagar la máquina. Su pregunta es anterior: bajo qué lógica pensamos lo que inventamos. Que una tecnología funcione no la vuelve neutral — antes de funcionar, alguien decidió qué cosas del mundo cuentan como recurso. Ese momento previo es el que la muestra le reclama al arte.
— Espacio Marca
Si acá el cuerpo se vuelve dato, en la obra de Nicola Costantino se vuelve mercancía. Dos maneras de descubrir que el cuerpo dejó de ser propio.
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