El robot de la arena que somos nosotros
En la última sala de Mercer Labs, un brazo robótico traza círculos en la arena y los borra para volver a empezar. A los costados, la gente aprieta arena con las manos y la deja deshacerse. La obra está en las dos escenas a la vez.

Parte 1
Mercer Labs ocupa un edificio al lado del World Trade Center.
Abrió en febrero de 2024, fundado por el artista israelí Roy Nachum y el desarrollador inmobiliario Michael Cayre. Es un museo de arte y tecnología: quince salas inmersivas que se recorren en una hora. La última se llama Archetype. Un simple cuarto blanco con el techo convertido en un gran plano de luz y el piso cubierto de arena clara. En el centro, separado del público por un vidrio gigante, un brazo robótico industrial, blanco, de la marca alemana KUKA, pasa un rastrillo sobre la arena y dibuja círculos concéntricos, perfectos, uno adentro del otro. Cuando termina, los borra con el rastrillo. Después empieza de nuevo.
Lo primero que llama la atención es la limpieza. Blanco sobre blanco, bajo una luz pareja que casi no deja sombras. El brazo parece salido de un laboratorio experimental de Apple: ni una mancha, ni un ruido de más, la elegancia de un objeto pensado para que nadie se pregunte cómo funciona. Lo segundo es el vidrio, velando translúcido una imagen tan extravagante y alienígena que parece una pantalla mostrando un corto sci-fi. La gente se le acerca, señala, y la sala entera toma función de zoológico. Del otro lado hay un animal en exhibición, clavado, pero que da vueltas en su recinto, y de este lado, sus visitantes que, veremos luego, son inconscientemente su reflejo.
La obra que se ve ahí se llama The Beach, la firma Nachum y la programó el estudio Volvox Labs: el robot funciona ocho horas por día, escribe, dibuja y borra, y a veces interrumpe su tarea para hacerle un gesto al público con el brazo. A veces, a pesar de no tener ojos ni cabeza, ni cualquier atisbo de antropomorfismo, parece que nos mira. El texto oficial de la sala propone la pregunta que cualquiera espera: qué lugar ocupan las máquinas en el proceso creativo. Es una lectura, pero es la menos interesante y por tanto incorrecta. Discutir si lo que hace un brazo mecánico es arte obliga a mirar el dibujo en la arena, pero la sala lo que pide que mires es el gesto.
La escena de los costados
A los lados del vidrio, a pleno acceso del espectador, hay unas mesas angostas de acero con banquitos y, sobre ellas, bandejas llenas de una arena especial que se compacta cuando la apretás y, cuando la soltás, se va desarmando de a poco hasta volver a ser polvo suelto. Es divertida de usar sin razón alguna. La sala casi no tiene textos que expliquen nada, así que nadie dice para qué están esas mesas. La gente se sienta igual. Agarra un puñado, lo aprieta, lo mira desarmarse, lo vuelve a apretar.
Ahí está la obra entera. Del otro lado del vidrio, una máquina industrial rastrilla círculos que va a borrar. De este lado, personas que pagaron una entrada cara aprietan arena que se va a deshacer. Nadie apura a nadie y nadie produce nada. Las dos escenas se repiten con el mismo ritmo, y cuanto más tiempo te quedás, más difícil se vuelve decir cuál de las dos es la instalación.
Es claro: el robot funciona como una metáfora. El ser humano hace cosas que, aparentemente, no llevan a ningún lado, y las sigue haciendo, sin preguntarse por qué, por puro envión. Un brazo que trabaja sin castigo y sin épica, con una continuidad que no necesita motivo. Y a medio metro sus espectadores hacen exactamente lo mismo con las manos. A mí me evocó una ternura e inocencia que desarmó mis hombros y mi semblante en una lágrima.

Sísifo, sin la tragedia
La imagen tiene antecedentes ilustres. El más antiguo es Sísifo, condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima de una montaña para verla caer, una y otra vez, por toda la eternidad. En 1942, Albert Camus lo convirtió en el héroe de lo absurdo y cerró su ensayo con una frase que se volvió famosa: «La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz».
El más reciente de estos ejemplares robóticos es Can’t Help Myself, de los artistas chinos Sun Yuan y Peng Yu, que el Guggenheim encargó en 2016 y que se vio en la Bienal de Venecia de 2019: otro brazo KUKA, encerrado en una caja de vidrio, que intenta sin descanso contener con una escobilla un líquido rojo y espeso, parecido a la sangre, que siempre se le escapa. A fines de 2021 circuló en redes una historia nunca confirmada según la cual el robot se había «muerto», agotado, y mucha gente se identificó con una máquina que trabaja para nada.
Puestas una al lado de la otra, las dos obras forman una imagen de contrastes. La de Venecia es un matadero: el vidrio salpicado, el piso manchado de rojo, un brazo que se sacude como si peleara. La de Mercer Labs es un showroom top: arena blanca, surcos prolijos, un movimiento tan suave que parece respirar. La revista Dwell, en su visita a Mercer Labs, comparó las dos y señaló que la de Nachum le quita la tristeza a la original; muy gagá de su parte decir eso. Sí, es más luminosa, en la estética y en la idea, y bastante menos violenta. Sun Yuan y Peng Yu mostraron una lucha; el robot de Nachum rastrilla, borra y vuelve a rastrillar con la calma de quien no se pregunta nada, más parecido a cualquiera de nosotros un martes a la tarde que a un condenado. Lo que le quita es el impacto primitivo de la violencia que suscita un líquido rojo, pero acentúa la contemplación, y da lugar a ver aquella maquinaria como un niño, y proyectar en él toda una vida igual de monótona a la vez que inocente.
Y sin embargo las dos dejan la misma inquietud. Frente a la sangre uno se incomoda enseguida; frente a la arena blanca tarda un poco más, pero llega. Tiene algo de la pantera que Rilke vio en el Jardin des Plantes de París a comienzos del siglo XX y convirtió en poema: el animal que da vueltas en el más chico de los círculos, detrás de barrotes, como una danza de fuerza alrededor de un centro donde la gran voluntad de un animal metálico y mitológico se quedó aturdida. Nachum cambió los barrotes por un vidrio limpísimo, y la pantera por un brazo blanco que dibuja círculos. La jaula sigue ahí.

El núcleo
Nadie apura a nadie y nadie produce nada.
Parte 2
Un banco frente al vidrio
Frente a la vitrina hay un banco chico, y ahí me senté. Me quedé pasmado, en silencio, mirando cómo el rastrillo entraba en la arena, abría el surco y cerraba la curva sobre sí misma. En algún momento dejé de pensar en la obra y me quedé con el ritmo. Cada tanto levantaba el teléfono y grababa un rato, sin moverme mucho, como quien no quiere espantar a un animal.
En uno de esos videos pasó algo que no estaba en el programa. Por la izquierda del cuadro entra una nena y apunta al robot con el dedo, con esa urgencia que tienen los chicos frente a la jaula del zoológico. Unos segundos después se asoma el padre. En el video queda el robot, que sigue con lo suyo, y la escena mínima de alguien que necesita mostrar lo que el otro ya puede ver, pero desde los ojos para los que todo es un fuego ardiente -los del niño claro está.
Me dio una ternura muy peculiar, sin nada de oscuro, que me dejó afuera, en el lugar del extranjero, que es también el lugar de un porteño en Nueva York. Adelante tenía dos cosas que se parecían demasiado: un padre y una hija, la forma más pura de lo humano, y, del otro lado del vidrio, una máquina que los imitaba en un sinsentido perfecto, igual que mi novia que apretaba arena en las mesas de los costados. Camus pedía imaginar a Sísifo feliz. La nena no tuvo que imaginar nada; le alcanzó con señalarlo.
Rastrillar con sentido
La arena rastrillada tiene, además, una historia larga. En el templo Ryōan-ji de Kioto, los monjes rastrillan todos los días la grava blanca del jardín seco que rodea quince piedras. En la tradición tibetana, los monjes construyen un mandala con arena de colores, grano por grano, para después barrerlo y volcar la arena en agua corriente. En los dos casos la repetición y la destrucción tienen un sentido: la devoción en un caso, la impermanencia en el otro.
El robot de Mercer Labs repite el gesto del monje y lo vacía de sentido. Conserva el rastrillo y el borrado, y le saca todo lo demás. Lo que queda es el movimiento solo, sostenido por su propia inercia, y eso lo acerca más a la vida cotidiana que a un jardín zen.

La masa que juega
Pieter Bruegel pintó en 1560 una plaza de pueblo tomada por chicos. Según el Kunsthistorisches Museum de Viena, en Juegos de niños hay más de doscientos treinta chicos jugando ochenta y tres juegos distintos: hacen rodar aros, caminan en zancos, se trepan a lo que encuentran. Ninguno de esos juegos produce nada, y aun así el cuadro no se queda quieto un centímetro. Frente a las mesas de arena de Mercer Labs, esa plaza vuelve a la cabeza: adultos, que apenas tienen un material en las manos, se ponen a jugar sin preguntar para qué.
El reverso de esa escena lo filmó Fritz Lang en Metropolis, en 1927: el cambio de turno de los obreros de la ciudad subterránea, dos columnas de hombres uniformados que marchan en filas de a seis, los que salen más lento que los que entran, bajo relojes de diez horas. La repetición, ahí, perdió el juego y quedó solo el envión.
Entre las dos imágenes hay una tercera, más cercana. En el Museo Nacional de Bellas Artes cuelga La hora del almuerzo, que Pío Collivadino pintó en 1903: siete obreros de la construcción en el descanso del mediodía, algunos comiendo, otros conversando, uno fumando en pipa. Es el único momento del día en que la máquina humana se detiene. El robot de Dey Street nunca lo tiene. Sus espectadores, en cambio, lo tuvieron sin darse cuenta: los minutos que pasaron sentados apretando arena fueron su hora del almuerzo.

Lo que queda en las manos
Mercer Labs es un emprendimiento privado, lejos del museo en sentido clásico, con entradas que rondan los cincuenta dólares, y la misma nota de Dwell lo definió como un lugar que falla como museo pero resuelve bien la inmersión. Es probable que tenga razón sobre las otras catorce salas -aunque a mí me aburrieron sobremanera. En la última, en cambio, Nachum logró una obra que funciona mejor cuanto menos la explican, y es solo por ella que sentí que mis cincuenta dólares lo valieron.
Te vas de Archetype con arena en las uñas. Del otro lado del vidrio, el brazo termina un círculo y empieza el siguiente.
La operación
Repetir por envión. El robot rastrilla, borra y vuelve a rastrillar. A medio metro, sus espectadores hacen lo mismo con las manos.
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