El Samovar de Rasputín: donde el blues argentino encontró su esquina.

Un anticuario ruso. Un escultor albañil. Un vecino blusero. Tres personajes improbables fundaron, en una esquina de La Boca, el escenario donde Pappo, Memphis y los Redondos hicieron de la noche un género propio.

Por Abril Raposo6 min de lectura
CicloMayo 2026
CategoríaEspacios · Música
EjePermanencia
[ Imagen ] — el relieve de cúpulas orientales de la fachada del Samovar.

En una esquina del barrio de La Boca, donde el tumulto colorido de Caminito cede a un empedrado menos transitado, resiste El Samovar de Rasputín. Es el recoveco —no un bar temático, no una trampa para turistas— donde, hace más de tres décadas, decantó el blues local y se mezcló con la mitología del puerto.

La esquina

Iberlucea y Pedro de Mendoza. Una fachada con un altorrelieve de cemento policromado: cúpulas orientales rojas, fuera de lugar en un barrio que no tiene nada que ver con lo ruso. La pieza es del escultor albañil Vicente Walter, que durante décadas talló relieves en las paredes exteriores de los bares del barrio y nunca consideró que su obra fuera para vender.

El relieve del Samovar funciona como firma de la esquina: avisa que adentro hay algo que no es de este barrio, y a la vez está hecho con las manos del barrio.

[ El núcleo ]

Mientras el centro perseguía la modernidad, La Boca fundaba el refugio del blues. No por proyecto. Por terquedad.

El Viejo Rasputín

El nombre viene del primer dueño: un inmigrante ruso-húngaro que se hacía llamar “Rasputín”. Tenía una casa de antigüedades y cambalache, y le dio al local su estética de extrañeza —la fachada, la mezcla, el nombre—. Cuando se retiró, dejó algo más durable que el negocio: dejó una marca.

Napo

En 1970, Jorge Luis “Napo” Napoleone, vecino del barrio, compró el fondo de comercio. Durante diecisiete años sostuvo el local como anticuario, vendiendo lo que los vecinos traían y lo que los turistas se llevaban.

En 1987 empezó a armar, en el fondo del local, un bar íntimo donde tocaban uno o dos solistas por noche. La casa de antigüedades seguía adelante; el blues se hacía atrás.

Un lugar puede sobrevivir si no se adapta. La adaptación es lo que disuelve.
Pieza 09 · Parte 2 de 2Hasta acá la pieza armó el origen (Rasputín, Napo, la antigüedad). De acá en adelante, Parte 2: el sentido y la permanencia.

El jueves que cambió todo

La fecha que el propio Napo recuerda es 1990. Los músicos que pasaban por el local le insistían: abrí también de noche. Una tarde dijo “bueno, abrimos hoy”. Esa misma noche, Pappo apareció a tocar. En dos semanas, la fama del Samovar cambió para siempre.

La década dorada

En los noventa pasaron por el Samovar Memphis La Blusera, La Mississippi, Charly García, los Redondos, Divididos. Pappo entraba como a su casa. Hubo un disco editado por la casa —A puro blues— grabado con los músicos que pasaban por el escenario. Mientras Palermo perseguía la modernidad técnica, una esquina de La Boca sostenía instrumentos viejos, luces bajas y una acústica que sonaba a real.

La permanencia

En 2026 el Samovar sigue funcionando. La época dorada quedó atrás, pero el ángulo no cambió: el lugar nunca se adaptó. Sobrevivió por lealtad a un sonido y a una esquina. No por nostalgia: por terquedad.

[ La operación ]

Permanencia. El Samovar de Rasputín como caso de estudio: cómo un espacio cultural sobrevive sin adaptarse, ofreciendo lealtad a una esquina y un sonido en lugar de actualización permanente.

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