La revista de arte y cultura de Ciudad Buenos AiresCiclo septiembre y octubre de 2026

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Makarius nos enseñó a mirar la ciudad.

Nació en El Cairo, se formó en Hungría y desembarcó en Buenos Aires en 1953 sin conocer a nadie. Convirtió el asombro en método: plazas, vendedores ambulantes, ropa tendida y los retratos de una vanguardia que no tenía con qué pagarle.

Por Abril Raposo10 min de lectura
Ciclo
Agosto 2026
Categoría
Arte · Obra
Eje
La calle como archivo
Plaza Fray Mocho, en Retiro, hacia 1960: gente con globos entre bancos, faroles y una medianera, fotografiada por Sameer Makarius.
Sameer Makarius, Plaza Fray Mocho (Retiro), c. 1960. Wikimedia Commons, dominio público.

Parte 1

En el día a día suelo caminar por las calles de Buenos Aires intentando adivinar los encuadres invisibles que me rodean. Es fascinante lo que revela la ciudad cuando uno detiene el paso por un segundo: la luz cortando las fachadas, el ritmo de las puertas, el movimiento anónimo de la gente, la naturaleza abriéndose paso en el cemento. En la historia del arte argentino, esa forma de habitar y descifrar la calle tiene un nombre fundamental: Sameer Makarius.

Un transeúnte más

Makarius fue uno de los fotógrafos más prolíficos que pisó nuestra tierra entre las décadas de 1950 y 1960. Había nacido en El Cairo en 1924, de padre libanés y madre judía alemana; pasó los años de la guerra en Hungría, donde empezó a pintar y entró en la órbita del arte concreto, y en 1953 se radicó definitivamente en la Argentina. Llegó sin conocer el idioma ni la cultura: era, en esencia, un transeúnte más en una ciudad extraña. Sin embargo, cámara en mano, convirtió el asombro en su principal herramienta para retratar y entender su nuevo hogar, formando así un diario-archivo.

Venía de un continente herido y se encontró con una metrópoli efervescente. Fotografiar le permitió descifrar las costumbres locales, entender a su gente y transformar el desconcierto inicial en un profundo sentido de pertenencia.

Retratos a cambio de un cuadro

Su mirada ya venía educada por sus estudios de arte en Europa del Este. Al poco tiempo de instalarse encontró un lugar en el circuito cultural porteño relacionándose con artistas que, por aquel entonces, recién comenzaban a dar sus primeros pasos. Makarius retrató a esa joven vanguardia, que no tenía dinero para pagarle, a cambio de alguna pintura. De estos encuentros nacieron retratos auténticos, íntimos, naturales. En 1956 fundó además el grupo Forum, dedicado a defender la fotografía como arte, y fue miembro fundador de los Artistas No Figurativos Argentinos.

Su interés en la fotografía fue creciendo. Registró monumentos, vendedores ambulantes, partidos de fútbol, ropa tendida en los balcones, miradas al pasar y parques de todos los barrios. No hizo distinciones de clases ni de geografías: estuvo en todos lados. Tuvo la sensibilidad de transformar lo simple y cotidiano en un testimonio poético, y esas imágenes terminaron reunidas en dos libros que son hoy documentos de la ciudad: Buenos Aires y su gente (1960) y Buenos Aires, mi ciudad (1963).

Los cuatro artistas del grupo Nueva Figuración en un baldío, fotografiados por Sameer Makarius en 1963.

El núcleo

La calle no se documenta con frialdad objetiva: se experimenta con subjetividad poética.

Parte 2

Lo que dejó en la mirada de hoy

En el panorama actual de la fotografía urbana argentina esa influencia sigue estando presente. Su asombro por la ciudad vive también en nosotros cuando caminamos por las mismas calles que él transitó en los años cincuenta. Hoy, fotógrafos jóvenes y referentes contemporáneos que retratan la nocturnidad y el pulso cotidiano encuentran una referencia clave heredada de Makarius: la calle, lejos de documentarse con frialdad objetiva, tiene que experimentarse con subjetividad poética. El uso de los contrastes duros de la luz natural, las sombras proyectadas sobre los edificios, los encuadres dinámicos: todo remite a las caminatas obsesivas que Makarius inmortalizó alguna vez.

El que no se dejó encasillar

Pero su aporte no se limitó al encuadre. Quizás el rasgo más vanguardista del fotógrafo fue su absoluta negativa a dejarse encasillar. Experimentó sin prejuicios con dibujos, pinturas, fotogramas e intervenciones directas sobre los negativos: llegó a pintar y dibujar a mano sobre el negativo para después copiarlo en blanco y negro, una serie que expuso con el grupo Otra Figuración. Para los artistas visuales de hoy que transitan el cruce entre fotografía y artes plásticas, como Esteban Pastorino, Makarius representa un gran antecedente.

El renovado interés por su obra en las últimas décadas fue impulsado por exhibiciones en espacios como el MALBA y el Museo Nacional del Cabildo, que en 2022 montó La imagen generosa —la primera muestra que presentó su obra completa en la Argentina— y volvió sobre él al cumplirse cien años de su nacimiento. Él era un artista comprometido con cristalizar su tiempo, incapaz de separar la búsqueda estética de la vivencia humana.

En un presente dominado por la inmediatez de la pantalla y la imagen efímera, su obra se planta como una invitación permanente a no quedarnos en la superficie: a arriesgarnos a mirar con profundidad y a descubrir que hasta el rincón más ordinario de la ciudad puede ser, en realidad, poético.

— Abril Raposo · Ciclo Agosto 2026

Portada: Lo que quedó sin terminar también es una obra.La siguiente piezaLo que quedó sin terminar también es una obraSeguir con esta piezanoche porteña con grano y flash.Esta pieza dialoga conPostales de lo efímero: por qué los jóvenes elegimos el grano y el flashMakarius caminaba de día con luz dura; esta pieza busca a los que salen de noche con flash. La misma calle, otra temperatura.Leer la pieza del archivo

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