El Di Tella tenía una sastrería rival en Lima 670.

Eduardo Bergara Leumann abrió en 1966 un café-concert en una sastrería teatral. Onganía lo clausuró un año después por una obra de Berni. Hoy es museo, abierto cuatro días por semana.

Por Abril Raposo5 min de lectura
CicloMayo 2026
CategoríaEspacios · Patrimonio
EjeMemoria
[ Imagen ] — uno de los 33 ambientes tematizados de la Botica del Ángel, en color saturado.

Lima 670, diciembre de 1966. Eduardo Bergara Leumann —diseñador de vestuario del Teatro San Martín— abrió una sastrería teatral en una vieja casona. En semanas el espacio empezó a funcionar también como sala de espectáculos. Bergara llamó a la fórmula café-concert: un café que a la vez era escenario, sin telón, sin libreto fijo, sin separación entre artistas y público.

La sastrería

En el contexto de la Buenos Aires de 1966 —con el Instituto Di Tella como referencia obligatoria de la vanguardia— la Botica se posicionó rápido como el segundo polo experimental de la ciudad. Sin curaduría institucional ni catálogo: la operación era de archivo personal, no de museo.

La audiencia era recibida por los mismos artistas. No había libreto. El espectáculo podía dar giros inesperados y todo podía ocurrir en una misma función.

[ El núcleo ]

El Di Tella tuvo el reconocimiento institucional. La Botica del Ángel tuvo la atmósfera. Una con curaduría, la otra como archivo personal.

Clausura

El 21 de agosto de 1967, el gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía clausuró la Botica. El detonante fue una instalación de Antonio Berni —el baño de Ramona Montiel, parte del universo del personaje— que el dictador consideró ofensiva. Berni la había hecho como denuncia de lo que él llamaba abortos sociales: hambre, marginación, analfabetismo. Onganía la leyó literalmente.

La Botica quedó cerrada; al poco tiempo, la sede de Lima 670 cerró por las obras de ensanche de la 9 de Julio.

Un espacio se vuelve archivo cuando alguien decide juntar objetos que no se ven juntos en ningún otro lado.

El templo

En 1969 reabrió en Luis Sáenz Peña 541: una antigua iglesia abandonada que Bergara reformó primero como vivienda y después como museo. La llamó el Templo del Ángel. Treinta y tres ambientes tematizados, cada uno con su propia atmósfera —rococó, kitsch, fluorescente, oscuro—. Adentro, memorabilia de Borges, Pizarnik, Mirtha y Silvia Legrand, Eva Perón, Victoria Ocampo, Alfonsina Storni. La Botica funcionaba como archivo personal del propio Bergara: un coleccionista de objetos y vínculos.

Las dos décadas en Europa

En 1973, Bergara resguardó las piezas y emigró a Europa. Volvió a fines de los ochenta. La Botica entró en una fase televisiva: dos programas, primero en Canal 7 y después en Canal 11 (La Botica del Tango). El 5 de mayo de 1997, Bergara recuperó el edificio definitivamente. Lo dejó en su testamento a la Universidad del Salvador, con la condición de que estuviera abierto al público y se preservara intacto.

Hoy

Desde el 8 de diciembre de 2009, la Botica del Ángel funciona como museo abierto al público. Martes a jueves, de 10 a 18 hs, con visita reservada. José Luis Larrauri y Yolanda Acuña, que trabajaron con Bergara durante décadas, son los responsables del cuidado del espacio. La pieza completa —los 33 ambientes, la memorabilia, la atmósfera— es una de las cápsulas porteñas más particulares de la vanguardia de los sesenta.

[ La operación ]

Memoria de vanguardia. La Botica como contrapunto del Di Tella: fue una colección personal abierta al público, no un proyecto curatorial. La diferencia entre el modelo institucional y el modelo de archivo.

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Postales de lo efímero: la fotografía que se planta contra el algoritmo.

Otra forma de la misma incomodidad: el arte que discute el modo en que hoy se mira.

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