La revista de arte y cultura de Ciudad Buenos AiresCiclo septiembre y octubre de 2026

Artículos / Cultura y sociedad

Querido Emmanuel Carrère, no me animé a aplaudir

Fui a escuchar a Emmanuel Carrère a la Facultad de Derecho sin haber leído un solo libro suyo. Me llevé, entre risas y reflexiones, una defensa del Evangelio hecha por un hombre que ya no cree.

Por Massimo Mennella18 min de lectura
Ciclo
Octubre 2026
Categoría
Cultura y sociedad
Eje
Lo que queda del Evangelio
Emmanuel Carrère, sentado en un sillón de cuero rojo y con auriculares de traducción, levanta la mano mientras habla.
Emmanuel Carrère durante la charla en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho. Imagen: Espacio Marca.

Parte 1

La entrada me llegó a último momento, de casualidad y de rebote. Un amigo tenía dos para la charla de Emmanuel Carrère en el Filba, la persona que iba a acompañarlo no fue y el lugar libre terminó siendo mío. Las localidades se habían agotado enseguida y a muchos de los espectadores seguro los habían invitado. Yo nunca había leído una página de Carrère; es más, nunca había escuchado su nombre (me avergüenzo solo un poco). Entré al gran Salón de Actos de la Facultad de Derecho el viernes 2 de octubre, a las ocho de la noche, como quien entra a la misa de una religión ajena a «ver qué onda».

Butacas de terciopelo, boiserie oscura, pilastras de un rojo casi vino, y arriba del escenario un óleo enorme que Antonio González Moreno pintó en 1948: la inauguración de la Universidad de Buenos Aires, el 12 de agosto de 1821, en la iglesia de San Ignacio. Debajo del cuadro, sobre una alfombra roja, dos sillones de cuero, una mesa baja con vasos de agua y, a los costados, dos pantallas amarillas con la cara del invitado. Más de ochocientas personas, algunas vestidas a lo película francesa de los 60 y otras cubiertas con piltrafas (las segundas, seguramente, las más cínicas y cultas de la sala). Acompañaba un amigable y apropiado silencio.

La directora del festival presenta a los invitados, de pie junto a los dos sillones del escenario.
La presentación, antes de que la conversación empezara. Imagen: Espacio Marca.

Cuando Carrère apareció, la ovación fue larga y cálida. Él levantó la mano, la sacudió y miró a su entrevistadora con cara de «mirá toda la gente que vino». Apenas se sentó sacó el teléfono y filmó la sala de punta a punta, como quien ya está juntando material. Tiene 68 años y esa noche estaba de buen humor, contento de estar ahí. Se puso los auriculares de la traducción simultánea y esperó.

La que pregunta

Enfrente tenía a Leila Guerriero, nacida en Junín en 1967, autora de Los suicidas del fin del mundo, a quien la directora del festival, Amalia Sanz, presentó como «referente absoluta del periodismo narrativo en castellano». Guerriero avisó de entrada que no habría preguntas del público: «Esto no es una democracia en este momento». Es, quizás, una de las excusas de las que me agarro para justificar mi cobardía. Después leyó un retrato de su invitado que se sintió forzado pero resultó correcto: «Más que un entomólogo, parece un astrónomo. Observa a la gente como si fueran planetas de otra galaxia y transforma eso en una materia terriblemente cercana». Y la primera pregunta: «Leyéndote, uno tiene la impresión de que te acercás a los demás para entenderlos y te acercás a vos mismo para sospechar de vos. ¿Es así?».

Carrère contestó, despacio, que sí. Que desconfía de sus opiniones, que en el periodismo hay una familia que opina y otra que hace reportaje, y que él pertenece a la segunda. «No me doy la razón fácilmente, y se la doy fácilmente a cualquiera que tenga enfrente». Una virtud, dijo, que llevada al extremo te deja invertebrado.

La respuesta siguiente le salió más redonda. Dijo que estamos en la tierra para mejorar un poco antes que para ser felices, que mejorar quiere decir entender dónde estamos parados y de qué determinismos dependemos, y que esa idea vuelve tolerable envejecer. «Como no estaba muy bien de joven, al final ser viejo me conviene». Guerriero no se la dejó pasar: «¿Sentís que sos una persona mejor? Porque todo eso está muy bien, pero a veces uno no está hablando de uno mismo cuando dice cosas así».

Fue la mejor jugada de la noche por lejos, la única que me gustó de verdad, o al menos la que más me hizo respetar la lucidez de ella. Seca, casi dura, dicha con la calma de quien no necesita levantar la voz porque la parquedad redobla el impacto. Más adelante me di cuenta de que había, en su manera de plantarse frente a él, algo maternal, una autoridad femenina que se le imponía sin esfuerzo. Intuyo que una mujer era el adversario correcto. Con un hombre enfrente, lo más probable era que la cosa derivara en chupada de medias o en una molesta —por subyacente e innecesaria pero innombrable— competencia. Carrère aceptó el marco de ella: no está seguro de ser mejor persona, pero se esfuerza, y la buena voluntad ya es algo. A partir de ahí la conversación tuvo otra temperatura. Guerriero traía nueve páginas de preguntas y se notaba que había leído todo, hasta las entrevistas viejas.

El lugar de los otros

De la hora y media me quedo con algunas escenas.

Leila Guerriero y Emmanuel Carrère conversan sentados en los sillones de cuero, sobre la alfombra roja del escenario.
Leila Guerriero y Emmanuel Carrère, durante la hora y media de conversación. Imagen: Espacio Marca.

La carta a Jean-Claude Romand, el hombre que mintió dieciocho años y mató a su mujer, a sus dos hijos y a sus padres cuando la mentira estaba por caerse, y sobre quien Carrère escribió El adversario. Guerriero elogió esa carta por no ser complaciente y él la corrigió: algo de complacencia tenía, porque al nombrar los crímenes escribió «lo que le pasó» donde cabía «lo que usted hizo». Era, en sus palabras, acariciarlo a favor del pelo. Sin cálculo, aclaró. Tomé nota de las dos cosas. También contó dónde estaba el límite: «Llegué a escribirle “estimado Jean-Claude Romand”. “Querido Jean-Claude” era el límite, eso ya no pasaba».

A los que le dicen que se pone en el lugar de sus personajes les contesta con la frase de una nena a la que su madre retaba por no pensar en los demás: «Sí, pero si yo me pongo en el lugar de los otros, ¿adónde van los otros?». Una de las frases más brillantes que escuché en el último mes y, de paso, una coartada excelente. Su trabajo, dijo, es encontrar el lugar propio, la buena distancia, la buena luz. Se define como retratista.

Durante años guardó el expediente judicial de Romand en un placard que sus hijos llamaban, riéndose, «el cuarto de Jean-Claude Romand». No le sonaba lindo que un cuarto de su casa tuviera tal bautismo. Hace tres años se mudó y lo tiró todo.

El Salón de Actos de la Facultad de Derecho lleno de público, con el óleo de la inauguración de la Universidad de Buenos Aires sobre el escenario.

El núcleo

Los Evangelios valen aunque Dios no esté.

Imagen: Espacio Marca.

Parte 2

Una madre en la sala

Hélène Carrère d’Encausse, historiadora, secretaria perpetua de la Academia Francesa, muerta en 2023, estuvo presente toda la noche. Guerriero volvió a ella una y otra vez, y con razón: de ahí sale Una novela rusa, el libro sobre el abuelo materno, un emigrado georgiano al que se llevaron cuando Hélène tenía quince años, acusado de colaborar con los alemanes. «Que tu padre muera cuando tenés quince años es duro. Que desaparezca cuando tenés quince años es otra cosa, como saben bien en la Argentina. El duelo es imposible».

Ella le prohibió escribir esa historia, habiendo miles de otras. Él le contestó: «Mamá, si hay una sola historia sobre la que te está prohibido escribir, está claro que no podés escribir sobre ninguna otra». Y acotó para la sala que su madre ignoraba por completo la existencia del inconsciente; directamente estaba en contra. El libro lo escribió igual. «Traté muy mal a mi madre», admitió, y tampoco a él le parece un libro simpático. Años después ella le dio a entender que había hecho bien.

Koljós, su último libro, es el retrato de esa mujer y de su muerte, que él llamó estoica. Empezó a tomar notas en la clínica de cuidados paliativos, con ella todavía viva, cosa que a alguno le puede parecer escandalosa y a él para nada. Lo escribió, dijo, en «una tristeza muy dulce», de esas en las que uno quiere quedarse. Su madre era muy graciosa, agregó, sobre todo porque su gracia era accidental, a causa de su prodigiosa mala fe, igual que esos viejos amargos que en su impunidad nos tocan una fibra que genera simpatía, como el tipo que te atiende en La Dama de Bollini. Guerriero puso la frase que faltaba: «El único problema de tener padres interesantes es que sean los padres de uno».

Con esa madre de fondo, la escena del principio se lee mejor. Carrère lleva la vida entera rindiéndole cuentas a una mujer imperial, y esa noche tenía otra enfrente.

El Evangelio sin Dios

Guerriero llegó a El Reino, el libro de 2014 sobre los primeros cristianos y sobre los años en que él mismo fue creyente. Citó el versículo de Juan que, según Carrère, operó su conversión: de joven ibas adonde querías; de viejo, otro te va a ceñir y te va a llevar adonde no quieras. Él dijo que esa idea le sigue sirviendo de mantra, porque lo interesante de una vida es que te lleve justo adonde no querías ir. Entonces ella le preguntó qué queda de aquel creyente.

El público del Salón de Actos, sentado y en silencio, visto desde la platea.
Entradas agotadas y silencio: la sala durante la charla. Imagen: Espacio Marca.

Queda poco de la fe. Era, contó, una fe voluntarista, la de alguien muy infeliz que buscaba darle un sentido a su infelicidad, y leyendo a Philip K. Dick entendió que la creencia religiosa y la paranoia funcionan igual: las dos están para dar sentido. De eso se desprendió por completo. Pero siguió: «No hace falta creer en Dios para sacar provecho del Evangelio. No sé qué quiere decir creer en Dios. Creo que gran parte de las palabras de Cristo pueden acompañarnos, que uno puede rumiarlas y masticarlas toda la vida». Y remató: «Cristo nunca te pide que creas algo». Guerriero, rápida: «No, solo en él». La sala se rió y la charla siguió.

Yo me quedé ahí. Un escritor francés, viejo, con toda la pinta y —me cuentan— la literatura de un cínico, que dejó de creer, sentado en una universidad pública debajo de un cuadro que la muestra naciendo adentro de una iglesia, acababa de decir que los Evangelios valen aunque Dios no esté. Lo dijo sin ironía y sin interés por la aprobación de ella ni de nosotros, con una de esas convicciones que solo un viejo muy leído o muy vivido puede sostener acerca de determinados temas. Y de hecho es lo que más le creí de todas las afirmaciones tajantes que hizo aquella noche. Quise pararme y aplaudir. No me animé: debía ser el que menos lo había leído en toda la sala —repito: cero—, y sentí que ese gesto les correspondía a los que sí. Nadie lo hizo. Yo tendría que haberlo hecho.

Una hora más

Cuando Guerriero anunció la última pregunta, Carrère protestó: podían seguir una hora más. Hubo varias últimas preguntas. En una, ella le leyó un pasaje de Yoga en el que él dice que le gustaría ser un hombre bueno, volcado en los demás, y que en cambio es «un hombre narcisista, inestable, lastrado por la obsesión de ser un gran escritor». Carrère citó a Orwell, para quien la vanidad está en todos los escritores, y agregó: «Lo confirmo». La definitiva fue si alguna vez imaginó dejar de escribir. «No, porque no sé qué otra cosa haría. Y porque es lo que me gusta hacer. Tengo la impresión de ocupar mi lugar en la tierra cuando escribo».

Ella cerró con la plegaria que él anotó en un cuaderno cuando la fe se le iba, «Te abandono, Señor; tú no me abandones», y la dio vuelta al mirarlo y decirle: esto termina acá, pero no nos abandones. La ovación final fue extraordinariamente larga, grande y constante, y yo aplaudí con todos. Ese aplauso era por la noche entera. El otro, el que le debo, es por un minuto solo.

Salí de la facultad preguntándome si esto estará en su próximo libro, cuando la pregunta decente habría sido «¿por cuál libro se empieza?». Hoy, mientras escribo esto, me pregunto otra cosa: si le importamos de verdad o si solo se burla de todos nosotros. Preguntármelo me genera una sonrisa.

Las citas de Carrère fueron traducidas del francés a partir de la transmisión oficial del Filba.

Obra de Renata Schussheim: una figura con vestimenta amarilla, halo y dos aves blancas sobre fondo negro.La siguiente piezaRenata Schussheim: devoción por lo analógico y lo sensibleSeguir con esta piezaTapa de la primera edición de El juguete rabioso: el título en letras rojas y un rostro rojo, de ceño fruncido, sobre un nubarrón negro.Esta pieza dialoga conArlt ya nos vio buscando dioses nuevos.Dos escritores que miran la fe desde afuera y no la despachan. Lo que en Arlt es intemperie, en Carrère es una herencia que sigue sirviendo sin creerla.Leer la pieza del archivo

El resumen de los lunes

Agenda cultural y resumen de artículos en un solo mail, una vez por semana.

Subimos algo casi todos los días. Por eso los lunes te lo resumimos y te lo mandamos en un solo mail: artículos seleccionados de la semana anterior y los eventos de arte y cultura donde querés estar.

“Todo eso que era tuyo y olvidaste.”

El programa de Espacio Marca

Scroll al inicio