Una dictadura de la infancia.
Crónica de un niño solo (Favio, 1965) miraba un asilo de menores como un sistema totalizador. Sesenta años después, las preguntas que dejó siguen abiertas.

Con una crudeza palpitante, Crónica de un niño solo nos transporta a una atmósfera repleta de niños que parecieran estar enjaulados dentro de un asilo hostil, frío y con aspecto abandonado, exclusivo para varones. Cada uno de los participantes sabe más de lo que dice y siente más de lo que expresa.
Este film de 1965 tiene como protagonista a un niño llamado Polín, interpretado por Diego Puentes. Conocido por sus peleas con otros compañeros, por fumar en la cama a escondidas y por perderse en los largos pasillos del instituto, este pequeño rufián —con su típico acento ítalo-bonaerense— nos introduce en la crueldad de su mundo cotidiano sin pedirle permiso a nadie.
El asilo
Favio, el director, logra representar con ángulos frívolos el abandono a la infancia más no al cuerpo. Los maestros y el personal —todos hombres— los tratan como si fueran presos: los baños son compartidos y con un tiempo limitado, hay extrema vigilancia y no existe la privacidad de habitaciones aisladas (solo calabozos para castigar). Comen, duermen y juegan a su manera.
En este pequeño mundo, el asilo es un lugar desconectado de la realidad y, sin embargo, no olvidado completamente. Hay reglas, horarios, normas de convivencia: una dictadura de la infancia. Polín se encuentra allí desde hace tiempo, marginalizado, excluido.
Antes una maestra te pegaba. Hoy eso es motivo de denuncia. La violencia mutó, no desapareció.
La violencia que mutó
Lo que Favio filma es más perturbador que la pobreza o el abandono estatal: la institucionalización del cuerpo infantil. El sistema administra a estos niños, no los ignora. Los organiza en filas, los cuenta, los disciplina. Se los mantiene en los márgenes de una sociedad que pareciera no querer niños rebeldes, juguetones, movedizos, que contestan y desafían.
¿Cómo se viven hoy las infancias? Sin dudas hay más conciencia y gestión emocional en familias que crecieron con mayor acceso a herramientas. Antes lo normal era que una maestra te pegue si te portabas mal —una violencia literal al cuerpo—; actualmente eso es motivo de denuncia. Un gran avance.
Pero la violencia mutó en vez de desaparecer. Se volvió más psicológica, menos visible, más difícil de nombrar y de probar. La presión por el rendimiento, la exposición temprana a pantallas, la ansiedad estructural de crecer en un mundo que no para: todo eso también deja marca, aunque no sea la marca de un golpe.
Crónica de un niño solo no da respuestas cómodas. No hay final redentor ni adulto que llegue a salvar.
La pregunta
Polín es un niño que creció con experiencias en la calle, fumando y tomando a una temprana edad. Pero nunca perdió el juego, la diversión, ni la imaginación. En nuestra digitalizada actualidad, ¿los niños realmente juegan?
Favio confía en la inteligencia del espectador y en la densidad de lo que muestra: alcanza con ver para entender. Lo que la película pregunta, casi sesenta años después, sigue sin respuesta clara: qué le debemos a la infancia, quién la cuida cuando el Estado falla, qué queda de un niño al que el sistema contuvo pero nunca vio.
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Reactivación. Una película de 1965 leída como pregunta sobre el presente: si la violencia visible se transformó en algo más sutil, ¿qué queda hoy de la infancia que el sistema contiene pero no ve?

Otro film argentino leído como retrato de un sistema —no de un drama personal.
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