Sábato empezó a pintar al perder la vista.
Dejó la física por la literatura y, a los 68, le sumó la pintura. No fue del todo una elección: en 1979 le diagnosticaron un problema en ambas retinas y le recomendaron no forzar la vista. Lo que salió de ahí él prefirió llamarlo «sobrenaturalismo».

Parte 1
Reinventarse a mitad de camino ya no sorprende a nadie: las personas cambian de carrera, de oficio, incluso de vocación, muchas veces más de una vez en la vida. Pero pocos casos son tan extremos como el de Ernesto Sábato, que pasó de la física a la literatura y, ya entrado en años, a la pintura.
De la física al círculo de Sur
Sus inicios se mezclaron con la matemática: antes de escribir fue físico, doctorado en la Universidad de La Plata. El círculo de la revista Sur —Jorge Luis Borges, Bioy Casares, Victoria Ocampo— lo empujó hacia la escritura, y en 1945 publicó su primer libro, Uno y el universo, un volumen de ensayos que se llevó el Premio Municipal de Prosa. Tres años después llegó la novela que lo puso en el mapa: El túnel (1948), el arranque de un universo melancólico, oscuro y cargado de existencialismo.
1979: las retinas
Si bien tiene una extensa cantidad de obras escritas que abarcan novelas y ensayos, su otro lado, y quizás el más desconocido, es la pintura. Llegó a ella por una pérdida: en 1979 le diagnosticaron un problema en ambas retinas y le recomendaron no forzar la vista, lo que lo alejó de la lectura y la escritura y lo devolvió al caballete. Sábato cuenta en Antes del fin (1998) que un episodio traumático en la escuela primaria lo había alejado del arte plástico y que por eso se había refugiado en las matemáticas; sin embargo, siempre se sintió seducido por él.
La casa se quedó con una idea de este caso: Sábato no eligió la pintura, la pintura fue lo que le quedó cuando le sacaron lo demás. Empezó a los 68 años, con la vista arruinada, y siguió treinta años más. Es un argumento contra la idea de que una vocación se define temprano y para siempre.
— Espacio Marca
«Empecé haciendo algunos retratos expresionistas; después, lo que me salía de mi inconsciente.»
Sonámbulos y castillos derrumbados
Sus obras escritas nos acercan a su trabajo existencialista, pero sus pinturas se abocan a lo que él denominó «vocaciones primitivas». A los 68 años terminó regresando a una de sus grandes pasiones: «Y así estoy terminando mi vida, volviendo a mi pasión de la infancia. Empecé haciendo algunos retratos expresionistas… después, lo que me salía de mi inconsciente, haciendo una pintura que prefiero denominar sobrenaturalista».
Al igual que sus libros, sus pinturas contienen escenarios oscuros, nublados y marginales. Nos transportan a lugares que nadie quiere atravesar: lugares perdidos, castillos derrumbados. Se dejaba llevar por sus sueños y su inconsciente. Obras como Alquimista III o ¿Por qué gritará? presentan personajes angustiados y un tanto fantasmales; Sábato hizo hincapié en esas expresiones dramáticas: figuras perplejas que miran al espectador y reflejan angustias humanas.
Santos Lugares
Lo curioso es que buena parte de esa producción pudo no haber llegado nunca hasta nosotros. Sábato tenía un costado autodestructivo que lo llevaba a romper sus propios trabajos, escritos y pintados, y su primera muestra se armó apenas con lo poco que logró salvarse de esa furia.
Hoy, quien quiera asomarse a ese universo de sueños, sonámbulos y figuras dramáticas no tiene que conformarse con reproducciones. La Casa Museo Ernesto Sábato, en Santos Lugares, conserva su biblioteca, sus manuscritos, sus objetos y buena parte de sus cuadros tal como los dejó: es la casa donde vivió desde 1945 hasta su muerte en 2011, y hoy la abren sus nietos con visitas guiadas gratuitas, con reserva previa por el cupo limitado.
— Lourdes Veliz · Ciclo Agosto 2026
Vocaciones primitivas.Un físico que se hizo novelista y un novelista que se hizo pintor cuando dejó de ver bien. La pieza sigue esa cadena de pérdidas y muestra que la última obra de Sábato no está en una biblioteca sino colgada en una casa de Santos Lugares.

Digámoslo con todas las letras: el atelier de uno de los escritores centrales del siglo argentino no lo sostiene un museo nacional, lo sostiene una familia. Las visitas las dan sus nietos, son gratuitas y hay que reservar. Que el archivo de Sábato dependa de que dos personas abran la puerta un fin de semana dice bastante sobre cómo guardamos lo que decimos que nos importa.
— Espacio Marca
Los castillos derrumbados de Sábato pertenecen a ese mismo linaje: una línea argentina que pinta lo que no se puede explicar del todo.
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