Makarius nos enseñó a mirar la ciudad.
Nació en El Cairo, se formó en Hungría y desembarcó en Buenos Aires en 1953 sin conocer a nadie. Convirtió el asombro en método: plazas, vendedores ambulantes, ropa tendida y los retratos de una vanguardia que no tenía con qué pagarle.

Parte 1
En el día a día suelo caminar por las calles de Buenos Aires intentando adivinar los encuadres invisibles que me rodean. Es fascinante lo que revela la ciudad cuando uno detiene el paso por un segundo: la luz cortando las fachadas, el ritmo de las puertas, el movimiento anónimo de la gente, la naturaleza abriéndose paso en el cemento. En la historia del arte argentino, esa forma de habitar y descifrar la calle tiene un nombre fundamental: Sameer Makarius.
Un transeúnte más
Makarius fue uno de los fotógrafos más prolíficos que pisó nuestra tierra entre las décadas de 1950 y 1960. Había nacido en El Cairo en 1924, de padre libanés y madre judía alemana; pasó los años de la guerra en Hungría, donde empezó a pintar y entró en la órbita del arte concreto, y en 1953 se radicó definitivamente en la Argentina. Llegó sin conocer el idioma ni la cultura: era, en esencia, un transeúnte más en una ciudad extraña. Sin embargo, cámara en mano, convirtió el asombro en su principal herramienta para retratar y entender su nuevo hogar, formando así un diario-archivo.
Venía de un continente herido y se encontró con una metrópoli efervescente. Fotografiar le permitió descifrar las costumbres locales, entender a su gente y transformar el desconcierto inicial en un profundo sentido de pertenencia.
Retratos a cambio de un cuadro
Su mirada ya venía educada por sus estudios de arte en Europa del Este. Al poco tiempo de instalarse encontró un lugar en el circuito cultural porteño relacionándose con artistas que, por aquel entonces, recién comenzaban a dar sus primeros pasos. Makarius retrató a esa joven vanguardia, que no tenía dinero para pagarle, a cambio de alguna pintura. De estos encuentros nacieron retratos auténticos, íntimos, naturales. En 1956 fundó además el grupo Forum, dedicado a defender la fotografía como arte, y fue miembro fundador de los Artistas No Figurativos Argentinos.
Su interés en la fotografía fue creciendo. Registró monumentos, vendedores ambulantes, partidos de fútbol, ropa tendida en los balcones, miradas al pasar y parques de todos los barrios. No hizo distinciones de clases ni de geografías: estuvo en todos lados. Tuvo la sensibilidad de transformar lo simple y cotidiano en un testimonio poético, y esas imágenes terminaron reunidas en dos libros que son hoy documentos de la ciudad: Buenos Aires y su gente (1960) y Buenos Aires, mi ciudad (1963).
Un detalle que ordena la lectura: la vanguardia que Makarius fotografiaba tampoco tenía plata. Le pagaban con cuadros. Ese trueque explica el tono de los retratos —nadie posa para su fotógrafo de prensa, posan para alguien que está en la misma— y explica también por qué su archivo terminó siendo el mapa más completo de una escena que recién empezaba.
— Espacio Marca
La calle no se documenta con frialdad objetiva: se experimenta con subjetividad poética.
Lo que dejó en la mirada de hoy
En el panorama actual de la fotografía urbana argentina esa influencia sigue estando presente. Su asombro por la ciudad vive también en nosotros cuando caminamos por las mismas calles que él transitó en los años cincuenta. Hoy, fotógrafos jóvenes y referentes contemporáneos que retratan la nocturnidad y el pulso cotidiano encuentran una referencia clave heredada de Makarius: la calle, lejos de documentarse con frialdad objetiva, tiene que experimentarse con subjetividad poética. El uso de los contrastes duros de la luz natural, las sombras proyectadas sobre los edificios, los encuadres dinámicos: todo remite a las caminatas obsesivas que Makarius inmortalizó alguna vez.
El que no se dejó encasillar
Pero su aporte no se limitó al encuadre. Quizás el rasgo más vanguardista del fotógrafo fue su absoluta negativa a dejarse encasillar. Experimentó sin prejuicios con dibujos, pinturas, fotogramas e intervenciones directas sobre los negativos: llegó a pintar y dibujar a mano sobre el negativo para después copiarlo en blanco y negro, una serie que expuso con el grupo Otra Figuración. Para los artistas visuales de hoy que transitan el cruce entre fotografía y artes plásticas, como Esteban Pastorino, Makarius representa un gran antecedente.
El renovado interés por su obra en las últimas décadas fue impulsado por exhibiciones en espacios como el MALBA y el Museo Nacional del Cabildo, que en 2022 montó La imagen generosa —la primera muestra que presentó su obra completa en la Argentina— y volvió sobre él al cumplirse cien años de su nacimiento. Él era un artista comprometido con cristalizar su tiempo, incapaz de separar la búsqueda estética de la vivencia humana.
En un presente dominado por la inmediatez de la pantalla y la imagen efímera, su obra se planta como una invitación permanente a no quedarnos en la superficie: a arriesgarnos a mirar con profundidad y a descubrir que hasta el rincón más ordinario de la ciudad puede ser, en realidad, poético.
— Abril Raposo · Ciclo Agosto 2026
La calle como archivo.Un extranjero que no entendía nada terminando de enseñarle a la ciudad cómo mirarse. La pieza sigue el hilo desde el desconcierto de 1953 hasta el fotógrafo callejero de hoy que, sin saberlo, camina con su encuadre.

Makarius murió en Buenos Aires en agosto de 2009, así que esta pieza sale casi en el aniversario. Vale anotar la ironía: la ciudad que aprendió a mirarse en sus fotos era, para él, un planeta extraño. Hizo falta alguien que no entendía el idioma para registrar lo que los de acá no veíamos por costumbre.
— Espacio Marca
Makarius caminaba de día con luz dura; esta pieza busca a los que salen de noche con flash. La misma calle, otra temperatura.
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