Las iglesias que no miramos.

Las tenemos en la esquina, abiertas y gratuitas. Pocos entran. Cinco iglesias argentinas leídas como documentos: cada una dice algo sobre el país que la construyó.

Por Lourdes Veliz6 min de lectura
CicloMayo 2026
CategoríaEspacios · Patrimonio
EjePatrimonio
[ Imagen ] — una iglesia argentina con su fachada como documento.

Hay algo raro en la relación de los argentinos con sus iglesias. Las tenemos en la esquina, en el centro de cada ciudad, abiertas la mayor parte del día. Sin embargo, muy pocos las visitan —y no por falta de fe, necesariamente. Con el tiempo aprendimos a verlas como parte del paisaje urbano, como el edificio que siempre estuvo ahí y por eso dejó de ser visible.

Es un error. Porque detrás de esas fachadas hay algo que los museos, las galerías y los centros culturales rara vez igualan: siglos de decisiones estéticas, políticas y simbólicas sedimentadas en piedra, vidrio, ladrillo y mármol. Las iglesias argentinas son documentos. Un recorrido por cinco de ellas.

Iglesia San Francisco — Salta, 1625

El día que se fundó Salta —16 de abril de 1582— se asignó el solar para los franciscanos en el mismo acto. La religión llegó con la ciudad, no después: era parte del plano original. La Iglesia San Francisco, cuyo campanario colorido se convirtió en uno de los referentes visuales más reconocibles del paisaje salteño, lleva inscripta esa lógica en su propia existencia: es parte de la fundación de la ciudad, no un edificio más en ella. La arquitectura colonial como infraestructura del poder desde el día uno.

[ El núcleo ]

Estas cinco iglesias dicen algo sobre el país que las construyó. Sobre cómo el poder se inscribe en el espacio, cómo la religión y el Estado fueron, durante siglos, casi la misma cosa.

Catedral de Córdoba — 1706

La Catedral de Córdoba no tiene un estilo arquitectónico definido. Distintos constructores intervinieron en distintas épocas, y el resultado es una síntesis involuntaria: pórtico renacentista clásico, torres y cúpula de acento barroco, elementos indígenas en la decoración. Esa mezcla fue el resultado de siglos de intervención superpuesta, no de un plan. Y es justamente por eso que resulta tan interesante: la colonialidad inscripta en la piedra sin que nadie lo hubiera decidido conscientemente. El arte indoamericano y el barroco europeo conviviendo en el mismo edificio porque no había otra forma de construirlo.

Iglesia de Santa Felicitas — Barracas, 1876

Esta iglesia no debería existir. O mejor: no debería existir como iglesia. A diferencia de otras, fue pensada para honrar a una mujer de la alta sociedad, no para venerar una figura religiosa del siglo XIX, Felicitas Guerrero, asesinada por un pretendiente en un hecho considerado uno de los primeros femicidios conocidos del país.

Proyectada por el arquitecto Ernesto Federico Bunge entre 1872 y 1876, el templo se inscribe en el Eclecticismo Historicista del siglo XIX, con una síntesis de elementos neobizantinos, neorrománicos y neogóticos de escuela germana. La fachada polícroma está decorada con nichos, mascarones y esculturas; el tambor sobre el crucero está rodeado por un círculo de ángeles que son el leitmotiv del templo. Está en Barracas, un barrio que nadie asocia con arquitectura monumental. El contraste entre el entorno y el edificio es parte del argumento.

Una joya escondida donde nadie la busca, construida para recordar a una mujer que tampoco debería haber muerto.

Basílica de María Auxiliadora — Almagro, 1910

El exterior no avisa nada. Es el tipo de fachada que uno pasa caminando sin detenerse. Pero adentro, se aprecia una diversidad de estilos: lo barroco en el dorado y los ornamentos, lo bizantino en el contraste ornamental entre interior y exterior, lo neorrománico en sus arcos de medio punto.

El arquitecto que la diseñó, Ernesto Vespignani, era un cura salesiano italiano que llegó al país en 1901 con la misión de construir iglesias para su congregación e introdujo el hormigón armado en la arquitectura religiosa argentina. La basílica de Almagro es su obra más sorprendente precisamente porque no lo parece desde afuera. Un edificio que guarda lo mejor para quien se toma el trabajo de entrar.

Catedral de La Plata — 1885–1999

La historia de esta catedral es también la historia de una ciudad que quería ser europea a cualquier costo. Fue diseñada en estilo neogótico, inspirado en iglesias alemanas, pero con una fuerte impronta nacional: en lugar de revestirla en piedra, se optó por el ladrillo, material presente en la tierra próxima a La Plata. El resultado es singular: evoca el estilo gótico báltico, a veces llamado gótico de ladrillos, lo que le da un carácter muy diferente al de otras catedrales neogóticas.

Sus torres de 112 metros tardaron más de un siglo en terminarse. Las obras se interrumpieron a fines de los años treinta porque los cimientos originales eran insuficientes para soportar su peso. Se retomaron recién en los noventa. Una catedral que se construyó junto con la ciudad y terminó junto con el siglo XX. Como si la ambición y la demora fueran parte del diseño.

Documentos abiertos

Estas cinco iglesias tienen algo en común más allá de su belleza: todas dicen algo sobre el país que las construyó. Sobre cómo el poder se inscribe en el espacio, cómo la religión y el Estado fueron, durante siglos, casi la misma cosa. Sobre cómo una ciudad se imagina a sí misma cuando decide qué edificio poner en el centro. Están ahí, abiertas, gratuitas, a la vuelta de la esquina. La pregunta es cuándo fue la última vez que alguien entró a mirar.

[ La operación ]

Patrimonio. Las iglesias argentinas como documentos abiertos: cada una inscribe una decisión política y estética del momento en que se construyó. Cinco casos para reaprender a leerlas.

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La joya francesa que ignorás cada mañana: las fuentes Du Val d’Osne.

Otra forma del mismo gesto: el patrimonio que tenemos a la vuelta de la esquina y aprendimos a no mirar.

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