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¿Skins + Okupas mejor que Euphoria?

Sí, lejos. El coming-of-age definitivo no estaba en HBO: cómo Skins y Okupas cuentan la verdadera experiencia de crecer —una en Bristol, la otra en una casa tomada de Balvanera.

Por Espacio Marca9 min de lectura
Ciclo
Junio 2026
Categoría
Cine · Películas
Eje
Reactivación
Skins — Cassie y otra chica en el baño
Skins (E4, 2007).

Parte 1

Si viste que Euphoria está tirada de los pelos —que le sobra presupuesto y le falta realidad—, seguí leyendo. Y si tu algoritmo todavía no te arrastró a los edits de Okupas, la serie de Bruno Stagnaro, o del rol adolescente de Nicholas Hoult en Skins, llegó el momento de que lo hagas por tu cuenta.

El pleito con Euphoria

A primera vista, Skins (Bristol, Inglaterra) y Okupas (centro de CABA) parecen habitar planetas distintos. Una es un despliegue de colores saturados, fiestas y glitter en las ojeras; la otra es el gris del Docke, el estruendo del tren Roca y el humo de un cigarrillo que se comparte porque no hay para otro.

Pasa que si las mirás en simultáneo aparece una síntesis curiosa. Verlas hoy no es un ejercicio de nostalgia por los 2000 sino la mejor forma de entender la juventud como ese territorio donde la libertad y el peligro son, básicamente, la misma cosa: exponen la diferencia entre ser un pibe de 16 entre amigos de clase media y ser uno de 24 entre amigos marginales.

Glitter en Bristol, gris en el Docke

En Bristol, la aventura está al lado del exceso. En Buenos Aires, es pura supervivencia. Lo que une a Tony Stonem con Ricardo es la pulsión de fuga: ambos están desesperados por romper el molde que sus familias —o la ausencia de ellas— les impusieron. La ecuación de la aventura y el peligro es la misma; lo que cambia son las consecuencias.

Mientras que en la «adolescencia-Skins» el dolor es resignificable en lo trágico-romántico, Okupas es lo contrario: es el proceso por el que Ricardo —joven pero ya adulto, y a la vez inmaduro— se ve forzado a enfrentar la realidad y crecer. Recién ahí se da cuenta de que la marginalidad es marginal, que tragedia es tragedia y basta: no hay silver linings.

Atmósfera de los happenings del Di Tella.

El núcleo

El happening no se contemplaba desde una butaca. Te incluía —y al incluirte, te volvía material de la obra.

Parte 2

La familia elegida

Skins nos regaló la idea de que ser joven es una performance trágica y hermosa, una suerte de videoclip existencialista. Okupas, en cambio, nos recordó que la calle no tiene pausas ni ediciones. Puestas frente a frente, se entiende que la amistad es el único refugio real frente a un sistema con el que no sabés qué hacer y que tampoco sabe qué hacer con vos. Los «hermanitos» de Ricardo son, en esencia, la misma red de contención —más precaria y violentada— que el grupo de Sid y Cassie. Es la familia elegida como método de defensa personal.

Okupas — protagonistas sentados en el piso
Okupas (Bruno Stagnaro, 2000).

amor × tragedia

La tesis que se presenta acá da vuelta la cuestión (y si sos adolescente, te acelera el pulso): casi cualquier tragedia en la juventud se puede transformar en experiencia de vida, en una capa más de profundidad. Una historia que te hace más interesante porque implicó un riesgo, o incluso una caída. Esa es la ecuación de Skins: amor × tragedia = qué tan vivida fue tu juventud.

Pero esa misma tragedia, esos mismos corazones rotos, esa misma inestabilidad, en la adultez es propensa a volverse trauma irreparable. A los 16 se romantiza; a los 24, la misma herida no cicatriza. Hay que aceptar esas limitaciones del tiempo y jugar con ellas, entendiendo que en la vida lo hecho, hecho está.

Nota del autor: no te enamores de romantizar la tragedia. Salvo que quieras unirte al club de los 27, esa es la receta más directa para llegar.

¿Por qué revivirlas ahora?

Encontrarnos hoy es mirarnos entre pantallas y algoritmos de recomendación. Por eso la brutalidad física de estas series se siente más real, casi táctil. Los personajes se tocan, se pelean, se ensucian y habitan espacios reales, analógicos. Resignificar la juventud hoy implica recuperar ese sentido de pertenencia a un lugar, ya sea una casa tomada en Balvanera o un parque abandonado en Inglaterra.

Hacé el experimento: mirá un capítulo de la primera temporada de Skins y saltá directamente a «El pollo de Troya». Vas a encontrar que, entre la electrónica de Bristol y el rock barrial, hay un hilo invisible: la necesidad imperiosa de vivir antes de que alguien más decida cómo hacerlo. Intercambiá a Sid —tres o cuatro años más grande— por Ricardo, y pensá qué habrían hecho igual y qué distinto. ¿Qué pasaría si el Pollo tuviera que cuidar a Cassie? ¿Cómo habría intentado Tony manipular al Negro Pablo?

Portada: Una dictadura de la infanciaLa siguiente piezaUna dictadura de la infanciaSeguir con esta pieza«Yard» (1961), de Allan Kaprow. Martha Jackson Gallery, Nueva York.Esta pieza dialoga conEl espectador dejó de mirarEl otro lado del algoritmo: cuando el espectador dejó de mirar y se volvió parte de la obra.Leer la pieza del archivo

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