Somos los hijos entre los hippies y los algoritmos.
Un disco de 1972 ancla a la realidad un presente que la inteligencia artificial vuelve, cada día, menos corpóreo.

Parte 1
Los auriculares siguen puestos cuando entrás a tu casa, dejás las cosas y te precipitás al sillón para bajar un cambio. Le exigís al día unos segundos de pausa y silencio, y tu cabeza rumia. Necesitás un sonido que reemplace tu pensamiento. Quizás tengas un tocadiscos; si no, te ponés los auriculares de nuevo y tirás. Pero al final lo más importante siempre es lo que suena, y las personas con un mundo interno levemente desordenado solemos encontrar que la música hippie —en especial la argentina, la de aquel dúo de flaquitos vírgenes que les queda casi vieja hasta a nuestros padres— es un excelente botón de mute para la cabeza. Pero ojo: si le prestás mucha atención te vas a poner a llorar. Dejala para cuando estás en tu casa.
Los hijos del medio
Los 2020 habrán sido la década más importante desde los 60, y ese encuentro a sesenta años de distancia está marcado por una historia que difícilmente podamos comprender a lo largo de nuestras vidas, sin importar cuántos vinilos o cámaras analógicas posen sobre nuestros muebles de plástico. Hay una certeza: somos los hijos entre los hippies y los algoritmos. Eso nos ubica en un lugar paradójico; o sea, problemático.
El hippismo fue una reconfiguración del sentido de la vida. En el momento de su gestación se sintió como una inestabilidad total, que cuestionaba todo aquello que se daba por sentado y que había permitido que la rueda girara y que el mundo siguiera su camino como venía. La Modernidad les dio sus vinilos y sus instrumentos, pero ellos la rechazaron por motivos que hoy se sienten justificados.
El hippismo destruyó el sentido. Ahora, en cambio, nos habla de nuestras propias preguntas. La carne de 1972 —el disco, los dos pibes, esa Buenos Aires— nos recuerda que nuestros padres también caminaron y preguntaron, y que nosotros pudimos haber existido en aquella enigmática época. El pasado entonces se vuelve sólido, vivible, real; solo así sentimos de verdad que existió. No hay muchas anclas más potentes a la realidad que esa. El hippismo no nos queda muy lejos: está justo en el límite de lo que comprendemos de verdad o, mejor dicho, de lo que encarnamos de verdad.
Cuanto más digital es algo, menos cuerpo tiene. Y lo que no tiene cuerpo se parece cada vez más a una idea.
Menos cuerpo, más pantalla
2026, mitad de año. Pusiste «Dime quién me lo robó», álbum Vida, 1972: «[ella] se rió de mí. ¿Qué iba yo a hacer? Me reí también», y sacás una sonrisa. Termina el tema y el presente te recuerda que ChatGPT, Google y Claude son como ángeles (demonios) trabajando para sus dioses (humanos perversos), luchando por quién nos robará la conciencia. Tenés que aprender a usar esas herramientas para no quedarte en la permanent underclass, y no te queda otra que ignorar tus ilusiones y recordar que mañana volvés a estudiar y/o trabajar, sin estar seguro de qué depararán los próximos tres años para el mundo y para vos —y tampoco sabés cuál de las dos cosas debería importarte más.
Estoy seguro de algo: ni la IA ni «el algoritmo» te hicieron conocer a las bandas de los 60 —a menos que te hayas enterado de Sui Generis por esta publicación, y espero que no—. Fue probablemente a través de alguno de tus padres que la aprendiste. No es algo secundario, sino central a la cuestión de la Realidad. Porque «digital» es un continuo: cuanto más digital es algo, menos cuerpo tiene. Así se aleja del mundo físico y más se parece a un pensamiento, a un sueño o a una idea. Y si viviste más de unos años en esta tierra sabrás que las experiencias encarnadas —con el cuerpo— tienen mucho más peso: son sensaciones más que pensamientos, y los pensamientos, casi siempre, son ilusorios.
Tu viejo, al mostrarte uno de sus tesoros —un disco, un cuadro, una película—, te está compartiendo una intimidad profunda, o sea, un pedacito de su alma. Esa es, sin lugar a dudas, una experiencia que marca y que nunca deberías olvidar. En ese sentido, ¿fueron tus padres los que te introdujeron a lo que es una IA? La respuesta es no: fue el mismo algoritmo, la misma IA la que se presentó ante vos. Date el lujo de dudar de esas cosas que se imponen desde un algo distante al que no hay razón para que le importes. Después de todo, la presencia física es indisociable de la conexión verdadera.
La city porteña
Lo que no se le puede quitar a la música hippie es que te invita con los brazos abiertos a las estereotipias que acostumbramos burlar —esas que, irónicamente, son los romances que más disfrutamos—. Sentarse rodeado de amigos o desconocidos a cantar frente a un fogón, con un borracho simpático y su guitarra en mano, esas canciones evidentemente cargadas de espíritu, es una experiencia transversal al espacio y al tiempo.
Pero al final estamos en la city porteña. Si bien podemos permitirnos la guitarra y los momentos de encuentro, o la intimidad del álbum y el instrumento en solitario, hay algo del coloso abrumador de la edificación y del tránsito que agobia los sentidos y obliga a volver a los auriculares herméticos y al pensamiento: «es bonito, pero sé en el fondo que es una idea demasiado inocente del mundo. La vida es más complicada y menos romántica, las esferas de poder nos quedan lejos y nada de lo que hago parece acercar al mundo a un futuro mejor». Tendrás que disculparme por romper tu cinismo, pero eso es exactamente lo que los hippies sentían respecto de su modernidad.
Reactivación. Sui Generis en 1972, leído como el cable a tierra más real contra un presente que se desvanece en lo digital.
A más de medio siglo, el disco sigue pesando más que la pantalla. Quizás esa sea toda la respuesta que el presente nos deja tener: que todavía tenemos cuerpo, y que con eso alcanza para no perdernos del todo.
— Espacio Marca
La misma sospecha hacia la pantalla, contada desde la infancia que crece mirándola.
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