En 2004, Nicola Costantino fabricó doscientos jabones con la grasa de su propio cuerpo y los expuso como artículos de lujo.
Savon de corps lleva la lógica de la publicidad hasta el absurdo: la artista se hizo una lipoaspiración, se guardó el descarte y lo convirtió en perfumería de lujo. Veintidós años después el canon sigue oscilando y el cuerpo sigue siendo el producto.

Parte 1
En 2004 Nicola Costantino se hizo una lipoaspiración y le pidió al cirujano que le guardara el tejido adiposo extraído. Con esa grasa fabricó doscientos jabones y los expuso como artículos de perfumería fina, con eslogan en francés incluido: «Prends ton bain avec moi» — bañate conmigo. La obra se llamó Savon de corps y sigue siendo una de las cosas más incómodas que produjo el arte argentino contemporáneo.
Doscientos jabones
Costantino (Rosario, 1964) trabaja hace décadas sobre un mismo eje: el cuerpo femenino y, más precisamente, el propio. Savon de corps lo lleva al límite literal. No hay metáfora: el material del producto es lo que el quirófano le sacó de encima, moldeado en pastillas, envuelto y exhibido como se exhibe una línea de baño cara. La pieza se presentó en 2004, entre el Malba y la galería Ruth Benzacar.
La obra no termina en el jabón. Junto a las pastillas iba una fotografía de campaña: la artista mojando las piernas en el borde de una pileta, sensual, en pose de aviso, ocupando el lugar exacto que en cualquier campaña de perfumería ocuparía la modelo de turno. El eslogan hace el resto del trabajo. Lo que se vende es ella, y lo que se compra es ella: el circuito se cierra sin dejar afuera nada.
Denunciar desde adentro
Décadas de publicidad convirtieron al cuerpo en un producto más de la industria cultural, y las plataformas apenas cambiaron el soporte: hoy son Instagram y TikTok los que definen, de manera indirecta, cómo debe lucir «un buen cuerpo» — se vuelven virales los videos que ya cumplen con el ideal vigente, y el ideal se refuerza solo.
Costantino no denuncia ese sistema desde afuera. Entra con las reglas del sistema —campaña, packaging, eslogan, precio— y las ejecuta hasta el absurdo. El mismo cuerpo que la industria le dijo que había que corregir se convierte en la materia prima del artículo de lujo: el descarte, facturado. La crítica funciona porque la obra es indistinguible, en su forma, de aquello que critica.
Hay una diferencia entre mostrar el horror y usar su gramática. Costantino elige lo segundo: no ilustra la violencia del canon, la reproduce con sus mismos materiales de comunicación. Es la maniobra más riesgosa del repertorio crítico, porque puede confundirse con aquello que ataca — y por eso mismo sigue discutiéndose veintidós años después.
— Espacio Marca
Doscientos jabones hechos con su propia grasa, exhibidos como artículos de lujo: la crítica al canon entra al mercado con las reglas del mercado.
El reproche de Burucuá
La obra se ganó la polémica y también objeciones de peso. En El kitsch proyectado sobre la muerte, el historiador José Emilio Burucuá discutió el mecanismo estético de la artista: para él, en lugar de desnudar el horror que cita, termina reproduciéndolo y legitimándolo. El reparo lleva la discusión bastante más lejos de los cánones de belleza — pregunta qué pasa cuando la forma del aviso se le presta al espanto.
No hay lectura desde la cual la pieza resulte cómoda. Mirada como crítica al canon incomoda; mirada como objeto de lujo, más. Ese parece ser exactamente el punto: la obra no ofrece un lugar limpio desde dónde mirarla.
El péndulo del canon
El parámetro oscila y el daño queda. Hubo años en que el ideal fueron las curvas —y las modelos empezaron a hacerse el Brazilian Butt Lift—; el ideal actual es el opuesto, ser lo más delgada posible, y por debajo circula el rumor de los medicamentos para bajar de peso, el Ozempic a la cabeza. Cambia el molde, no el mecanismo. El patrón se repite y golpea sobre todo a las mujeres, aunque los varones hace rato dejaron de estar excluidos.
La lógica tiene versión de terror: La sustancia (2024) lleva el mismo procedimiento al horror corporal más literal —una mujer consume algo que fabrica una versión más joven y deseable de sí misma, hasta que los dos cuerpos se destruyen entre ellos—. El sistema que promete mejorar el cuerpo termina coméndoselo. Costantino escribió ese final veinte años antes, en pastillas de jabón. Queda la pregunta que la obra deja abierta y que ninguna temporada del canon contestó: qué precio tiene seguirlo.
— Lourdes Veliz · Ciclo Julio 2026
El cuerpo como mercancía.Costantino entra al mercado que fabrica el canon con las herramientas de ese mercado —campaña, eslogan, packaging— y lo lleva al absurdo: el artículo de lujo es su propio descarte.

Conviene registrar quién paga la cuenta de cada ideal. El canon se anuncia como elección personal y se ejecuta como industria: quirófanos, medicamentos, algoritmos que premian un solo tipo de cuerpo. La casa vuelve sobre las obras que hacen visible esa factura, porque el arte argentino la viene emitiendo hace décadas y casi nadie la mira.
— Espacio Marca
La otra Costantino: en el Centro Cultural Borges, Wunderkammer da vuelta el gabinete de curiosidades y pregunta quién define lo raro.
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