La revista de arte y cultura de Ciudad Buenos AiresCiclo septiembre y octubre de 2026

Artículos / Arte · Obra

Mildred Burton metió la fiera en el salón.

Pintó niñas de porcelana, salones prolijos y poses de museo, y en cada cuadro dejó entrar algo que no pertenecía ahí: un insecto, una garra, un tigre. Su obra vive en esa tensión entre ternura y amenaza.

Por Lourdes Veliz9 min de lectura
Ciclo
Septiembre 2026
Categoría
Arte · Obra
Eje
Lo salvaje dentro de casa
La indiferencia de Blonda Bugs, de Mildred Burton: una niña rubia de vestido rosa estampado, con dos insectos del estampado sobre la cara.
La indiferencia de Blonda Bugs (1981) / Burton, Mildred. Colección Klemm.

Parte 1

Una extrañeza que nos vislumbra con ternura: así podría definirse La indiferencia de Blonda Bugs, el cuadro que Mildred Burton pintó en 1981.

Al verlo por primera vez, hay una lejanía que remite a La Gioconda: esa manera de posar, esa inexpresión inquietante, mientras dos bichos del estampado del vestido de la niña saltan hacia su cara y sobrevuelan su rostro. ¿Cómo aguantar semejante malestar? ¿Cómo mantenerse quieta y equilibrada cuando algo diminuto parece invadir nuestro campo de visión?

Esa dicotomía entre dulzura y amenaza atraviesa toda la obra de Burton, y es también la mejor puerta de entrada para conocerla.

Una infancia entre casona inglesa y mitología litoraleña

Mildred Burton nació en Paraná, Entre Ríos, aunque su propia biografía es un poco incierta: existen al menos cuatro fechas de nacimiento distintas registradas en documentos, y ella misma contribuyó a esa confusión a lo largo de su vida. De linaje irlandés y con una abuela alemana, creció en una gran casona inglesa en pleno litoral argentino, la misma región que dio origen a los mitos y relatos de Horacio Quiroga. Desde chica se interesó por la literatura fantástica y los cuentos populares que serían claves en sus pinturas.

Retrato en blanco y negro de Mildred Burton, de flequillo y pelo corto, con un collar de perlas sobre un suéter de cuello alto.
Mildred Burton.

«Hay un delirio en mí que no puedo detener. Vivo al borde del desequilibrio», decía de sí misma. En una entrevista de 1990 llegó a definirse como nacida «entre achiras, ceibos, yaguaretés y curiyús», en oposición irónica a la «civilización» y la delicadeza europeas que su familia intentó imponerle.

Un camino artístico marcado por el encierro y la fuga

Su historia personal fue tan dura como sus propios cuadros. Desde joven fue sometida a diagnósticos psiquiátricos que, en lugar de ayudarla, la aislaron. A los 15 años la obligaron a casarse con un militar entrerriano, matrimonio del que nacieron cinco hijos. Pero el destino de Mildred terminaría en Buenos Aires: abandonó la vida doméstica y familiar y se instaló en el barrio de La Boca, donde retomó su formación y comenzó su verdadero camino como artista.

Estudió música, pintura, grabado y dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Entre Ríos, y luego se perfeccionó en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, en Buenos Aires. A partir de 1969 expuso en más de cuatrocientos cincuenta salones, bienales, museos y galerías de América Latina, Europa y Estados Unidos, y a lo largo de su carrera ganó más de cuarenta premios.

Detalle de una pintura de Mildred Burton: un tigre se asoma sobre la alfombra verde de un salón, junto a una mesita de patas curvas.

El núcleo

La amenaza entra por el detalle más chico del cuadro.

Parte 2

Ni del todo surrealista, ni del todo realista

Burton nunca se reconoció como surrealista, aunque su obra dialoga con Max Ernst y René Magritte. Según describe el Museo Moderno de Buenos Aires, su pintura combina la tradición inglesa de las artes decorativas del siglo XIX, el movimiento Arts & Crafts, el surrealismo europeo y el realismo político de la Argentina de los años setenta y ochenta. En 1979 integró el grupo Post-figuración, junto a Diana Dowek, Norberto Gómez, Alberto Heredia, Jorge Alonso y Elsa Soibelman.

Pintura de Mildred Burton: un gato montés asoma, con los dientes a la vista, en la esquina de una habitación de paredes verdes con un cuadro de un gato colgado.
Un felino entra en una habitación de paredes verdes / Burton, Mildred.

Esa mezcla de referencias le permitió construir un universo visual propio, poblado de animales salvajes que conviven con lo doméstico: recuerdos de una infancia rodeada de naturaleza y de literatura fantástica, transformados en una fauna íntima que invade las habitaciones elegantes de sus pinturas. Así, el orden de lo doméstico y familiar queda en tensión con lo animal, lo salvaje, lo que no se puede domesticar. Esa contradicción también tuvo un costado político: en la década del ochenta realizó colaboraciones con las Madres de Plaza de Mayo y performances junto a Federico Klemm, entrelazando su universo fantástico con el clima político y social de la Argentina de la posdictadura.

Otro ejemplo de esa operación es Guanaconda con Leo (1989), donde vuelve a citar a La Gioconda de Leonardo da Vinci, esta vez con una lagartija pintada sobre el pecho y una garra de reptil en lugar de una mano: la misma pose serena de siempre, otra vez interrumpida por un cuerpo que no debería estar ahí.

Guanaconda con Leo, de Mildred Burton: la Gioconda con una lagartija sobre el pecho y una garra de reptil, dentro de un marco pintado de rombos.
Guanaconda con Leo (1989) / Burton, Mildred.

Ese pasado familiar y una infancia rodeada de literatura fantástica le dieron un universo visual hecho del ámbito familiar y sus conflictos. La contraposición entre civilización y barbarie aparece como caos íntimo: animales salvajes que, detalle a detalle, se integran a sus cuadros.

Portada: retrato de Carlos Alonso.La siguiente piezaCarlos Alonso pintó la violencia como carne.Seguir con esta piezaFotomontaje de Grete Stern: una mujer arrodillada hace de pie de lámpara mientras una mano gigante alcanza el interruptor.Esta pieza dialoga conGrete SternOtra artista que llevó lo inquietante al interior doméstico: entre 1948 y 1951, Stern ilustró con fotomontajes los sueños que las lectoras de Idilio le escribían a la revista.Leer la pieza del archivo

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