La revista de arte y cultura de Ciudad Buenos AiresCiclo septiembre y octubre de 2026

Artículos / Arte · Música

Lisa María convirtió la demora en un método.

Tras años de transitar el diseño gráfico, el cine, la dirección de videoclips, la televisión y las cabinas de DJ, la hija menor del dúo Cerati-Amenábar eligió no apresurarse. Su primer álbum solista son diez composiciones de sensibilidad pop, matices nocturnos y surrealistas, escritas a lo largo de más de diez años.

Por Abril Raposo9 min de lectura
Ciclo
Octubre 2026
Categoría
Arte · Música
Eje
Lo que madura guardado
Lisa María con un tapado de piel larga, de frente, en una habitación de azulejos rojos.
Lisa María en una de las fotos de prensa de su primer álbum.

Parte 1

Escribió su primera canción a los dieciocho. La publicó a los veintinueve.

Nació en Santiago de Chile y a los pocos meses la familia se instaló en Buenos Aires. Crecer ahí significó para Lisa habituarse a un entorno de altísima estimulación creativa. Atravesada por la obra y el dinamismo de sus padres (el legado musical de Gustavo Cerati y la colección melómana y audiovisual de Cecilia Amenábar), la música estuvo siempre al alcance de la mano. Sin embargo, decidió ocupar el rol de observadora en primer lugar.

Lisa frente a una notebook y una controladora, en una cabina de DJ a media luz.
En cabina: el oficio que vino antes que el disco.

A los 18 años, en la penumbra de su habitación y sobre el teclado de su hermano Benito, compuso «Selva», un track atmosférico y pausado que marcaría el inicio germinal de su catálogo. Pero en lugar de apurar el lanzamiento, guardó ese y otros bocetos en una bitácora privada durante más de diez años. Su pasado estuvo signado por la reserva: prefirió formarse detrás de escena, estudiando cine, realizando piezas visuales para otros artistas y explorando géneros como el R&B, el funk y la música electrónica en sus facetas como DJ.

Retrato en blanco y negro de dos adolescentes apoyados uno contra el otro, frente a un sillón estampado.
Lisa y su hermano Benito, adolescentes.

La imagen antes que el sonido

La relación entre lo visual y lo sonoro en Lisa María es fundamental, la imagen antecede o acompaña de forma natural al sonido. En sus primeros años universitarios e independientes el foco estuvo en pensar bandas sonoras para historias visuales, hoy esa experiencia del encuadre, la luz y la dirección de arte nutre la estética de su proyecto.

Junto al productor Estanislao López (Hora Cero Records) y colaboradores en la dirección conceptual como José Fogwill, el universo de Lisa María se terminó de estructurar en torno a colores específicos (como el carmesí profundo de su portada) y visualizers introspectivos. Pasar de dirigir videoclips a ponerse frente a la cámara representó el puente definitivo de su maduración artística: el momento en que las ideas abstractas exigieron un cuerpo y una voz.

Un hombre de pelo largo y barba, sentado frente a una consola de grabación con otras personas alrededor.
Estanislao López, productor del disco y director de Hora Cero Records, en consola.
Retrato en blanco y negro de Lisa María mirando a cámara, en primerísimo plano.

El núcleo

Once años de carpetas guardadas.

Parte 2

Diez canciones, muchas edades

El disco homónimo «Lisa María» se compone de 10 canciones que deambulan entre el dream pop, el R&B alternativo, las bases electrónicas minimalistas y la canción de autor. Desde el lanzamiento del primer sencillo «(Solo aire)» (una pieza sobre la confusión y el deseo de escape) hasta canciones como «Sentimental», «A mi nube», «Demente» o la mítica «Selva», el álbum expone una arquitectura sonora donde priman la sutileza y los climas intimistas y surreales. Tomando como punto de partida a los personajes femeninos de David Lynch, las películas de Almodóvar, artistas como Sade o Garbage, para luego continuar por un camino de búsqueda personal.

Lisa María con las manos sobre las mejillas, labios rojos, sobre un fondo cálido.
El retrato que acompañó la salida del álbum.

Las letras, narradas en primera persona, funcionaron como una catarsis y una terapia personal, un mapa de vínculos y emociones asumido sin escudos.

Por qué Lisa María

Elegir presentarse como Lisa María, rescatando el segundo nombre que le asignaron sus padres, ordena el proyecto antes que el apellido. Ella misma desactiva la lectura fácil: dice que no tomó el seudónimo para despegarse de su padre, que artísticamente le gusta más y que a veces sigue siendo Lisa Cerati.

Lisa María sentada, envuelta en un tapado de piel larga, en una habitación roja atravesada por líneas de luz.
El carmesí que organiza la identidad visual del disco.

La casa

La relación con su pasado familiar existe desde la gratitud y la complicidad. Con su hermano Benito Cerati comparte una sincronía creativa pulida desde la infancia (en 2009 grabaron juntos «Forever Michael», el homenaje que armaron tras la muerte de Michael Jackson, con su madre cantando uno de los temas) y alimentada por el intercambio permanente de referentes. Lejos de la comparación, Lisa asume la figura de su padre como una inspiración viva y cercana, viendo su enseñanza como un punto de partida para realizar su propio camino sin intentar igualar o comparar, simplemente siendo una artista nueva y libre, sin sentirse condicionada.

Gustavo Cerati con una guitarra y Cecilia Amenábar apoyada sobre su hombro, sobre un fondo anaranjado.
Gustavo Cerati y Cecilia Amenábar. Foto: Gaby Herbstein.

El tiempo a favor

El debut de Lisa María demuestra que el tiempo jugó a su favor. Al esperar a que las canciones maduraran a su propio ritmo, logró consolidar una propuesta coherente donde la artista visual, la melómana nocturna y la compositora coinciden en un mismo plano. Sin estridencias impostadas, Lisa María ha construido un universo liviano, transparente y honesto que recién empieza a desplegar sus capas.

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