Walsh les pedía a los chicos lo que hoy más necesitan dar.

En El Reino del Revés la lógica del mundo se da vuelta y el libro no aclara nada. Walsh confía en que el lector —chico o grande— va a completar el sentido por su cuenta. Hoy casi ningún contenido infantil se arriesga a tanto.

Por Lourdes Veliz8 min de lectura
CicloSeptiembre 2026
CategoríaFiguras · Literatura
EjeEl disparate exige un lector activo
María Elena Walsh asomada a una ventana, retratada por Grete Stern en 1947.
[ Imagen ] — María Elena Walsh a los diecisiete años, retratada por Grete Stern en 1947.

Parte 1

Los chicos ya no juegan ni imaginan; nosotros, menos. ¿Qué lugar le damos a la reflexión? En una época llena de productos audiovisuales creados para el entretenimiento rápido, fuimos dejando de lado un género literario clave para la crítica social: la sátira, un recurso que permite introducir un pensamiento reflexivo por vías indirectas —el sarcasmo, la ironía, la metáfora— y que le deja lugar a la imaginación.

El absurdo como herramienta

Tiempo atrás hubo una escritora argentina que usó el absurdo como recurso humorístico en sus obras: María Elena Walsh, novelista, poeta y compositora. Fue su papá quien la introdujo en el nonsense británico, que sirvió de inspiración a buena parte de lo que escribió después.

Un país donde la lógica se invierte

En El Reino del Revés, Walsh construye un país imaginario donde la lógica cotidiana se invierte por completo: lo que sube baja, lo que es cierto es mentira, los animales cambian de elemento. No hace falta explicar nada para que un chico —o un adulto— entienda que ese revés es un espejo de nuestro mundo, y que puede divertirse con él. Además, incita a que el chico pregunte por qué las cosas son así y no de otra manera.

Ese ejercicio de imaginar un mundo posible e imposible a la vez tiende un puente entre la fantasía, el juego y el pensamiento crítico, sin caer en lo aburrido ni en lo insulso.

María Elena Walsh firma ejemplares de sus libros rodeada de gente en la librería El Ateneo, en 1962.
[ Imagen ] — Walsh firma ejemplares en la librería El Ateneo, en 1962. Archivo General de la Nación.
[ Nota de la casa ]

El disparate de Walsh no viene con instrucciones. Quien lo lee tiene que decidir por su cuenta qué parte del mundo está dada vuelta, y esa decisión es el trabajo. Los contenidos que hoy ocupan ese lugar traen el sentido ya resuelto. Uno pide un lector. El otro pide un espectador.

— Espacio Marca
Estantes cargados de libros en una de las bibliotecas de María Elena Walsh.
[ El núcleo ]

El disparate solo funciona si alguien lo completa.

Por qué se apagó la sátira

Sin embargo, la sátira se fue apagando: exige un lector activo, alguien dispuesto a completar el sentido. Walsh necesitaba que sus lectores se preguntaran «¿por qué?» frente al disparate y a sus personajes absurdos. Los contenidos que circulan hoy en redes sociales, y buena parte de los productos audiovisuales de las plataformas multinacionales, entretienen sin pedir nada a cambio.

María Elena Walsh adolescente, sentada y mirando a cámara, en una fotografía de época.
[ Imagen ] — Walsh adolescente. A los diecisiete publicó Otoño imperdonable, su primer libro de poemas.

Quién decide lo que el otro puede entender

Mencionar a Walsh sirve para preguntarnos quién produce los contenidos para los chicos, y si ellos —igual que los adultos— solo están siendo preparados para consumir. En El Reino del Revés no había moraleja: se creaba un lugar imaginario para que los chicos se divirtieran, sin necesidad de integrarlo a un programa escolar, aunque muchos terminaron integrándolo igual. María Elena criticaba las propagandas de su época; creía que los jingles publicitarios estaban reemplazando a las canciones infantiles, y por eso se comprometió a usar la poesía para estimular la imaginación.

Juani Pazos, en su último video ensayo, propone pensar la estrategia de Walsh como una clave para entender qué está pasando hoy con nuestros consumos. Pazos plantea una pregunta que atraviesa todo esto: ¿quién puede decidir lo que el otro puede comprender? Ese «otro» son los chicos y las chicas, pero también —por repercusión directa— los adultos que se formarán bajo esa lógica.

Estimular el aprendizaje a través de la imaginación es decisivo para que se desarrolle el pensamiento crítico adulto. Si frenamos esa intención con contenidos literales, sin profundidad, la imaginación deja de jugar en primera y termina estancada, sin fuerzas para pensar mundos posibles distintos.

Tal vez ahí esté la verdadera vigencia de Walsh: entendió que subestimar la imaginación de un lector —chico o grande— es la primera forma de domesticarlo.

[ La operación ]

Sugerir en lugar de explicar.La pieza sigue el mecanismo por el que Walsh dejaba el sentido sin resolver y convertía la lectura en una tarea de quien lee.

Tocá un movimiento para verlo en el texto
María Elena Walsh frente a un micrófono en un estudio de grabación.
[ Imagen ] — Walsh ante el micrófono, en un estudio de grabación.
[ Nota de la casa ]

Walsh escribía canciones que competían con los jingles y les ganaban. La comparación de hoy es otra: un sistema que mide cuántos segundos aguanta un chico antes de saltar al video siguiente. La pregunta queda abierta. Quién decide qué puede entender un chico sigue siendo una decisión de adultos.

— Espacio Marca
[ Esta pieza dialoga con ]
Grete Stern y el arte de fotografiar lo inconfesable

La misma fotógrafa que retrató a Walsh a los diecisiete trabajaba, en esos años, sobre lo que una imagen puede decir sin explicarlo.

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